Capítulo 8: El Hijo, el Padre y el Espíritu
Lectura para la sesión 8
1.
La
manifestación inaugural de Jesús
A veces la gente habla de Jesús como si hubiera
aparecido en la historia completamente solo… como un maestro extraordinario,
sí, pero solo. Como si todo empezara y terminara en Él, aislado de todo lo
demás. Sin embargo, cuando uno abre con calma los Evangelios, descubre algo
distinto. Muy distinto. Jesús no entra en escena como un personaje religioso
independiente, ni como alguien que simplemente decide comenzar una misión por
Su cuenta. Desde Su manifestación pública, aparece en relación viva con el Padre
y con el Espíritu.
Eso ya se venía preparando desde antes. No cayó del
cielo como idea improvisada. El Antiguo Testamento había dejado señales claras
de que el Mesías esperado no actuaría desconectado de Dios ni separado de Su
Espíritu. Isaías, por ejemplo, presenta al Siervo escogido por Dios de una
manera que llama mucho la atención: no solo es escogido, sostenido y amado por
Dios, sino que además recibe el Espíritu para cumplir Su tarea.
He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en
quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre Él mi Espíritu; Él traerá
justicia a las naciones.
(Isaías 42:1, RVR1960)
Ese versículo es breve, pero pesa mucho. Allí ya
aparecen juntos tres elementos que luego serán fundamentales para entender a
Jesús: el Siervo escogido por Dios, la complacencia divina sobre Él y el
Espíritu puesto sobre Él. O sea, el Mesías no sería un líder improvisado ni un
activista religioso carismático. Sería el Siervo de Dios, sostenido por Dios
mismo y marcado por la presencia del Espíritu.
Isaías vuelve sobre lo mismo unas páginas después, pero
ahora con un acento todavía más misionero. El que habla está ungido por Dios y
enviado a anunciar buenas nuevas, a sanar, a libertar, a consolar. No es
solamente una figura con poder; es una figura enviada.
El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me
ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a
los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos
apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el
día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados.
(Isaías 61:1–2, RVR1960)
Aquí el cuadro se vuelve más nítido. El ungido no se
manda solo. Es enviado. Y Su obra está inseparablemente ligada al Espíritu. Ya
desde Isaías, entonces, uno empieza a ver una línea muy importante: el Cristo
vendría de parte de Dios, actuaría en dependencia de Dios y ejercería Su misión
en la presencia y el poder del Espíritu. Isaías 11:1–5 va en la misma dirección
cuando describe al retoño davídico sobre quien reposará el Espíritu de Jehová,
con sabiduría, inteligencia, consejo y poder. No se trata, pues, de una mera
investidura política. Se trata de una identidad y una misión profundamente
marcadas por la acción de Dios.
Todo eso prepara el escenario para el momento en que
Jesús aparece públicamente. Y ahí los Evangelios no son tímidos. El bautismo de
Jesús, lejos de ser un episodio cualquiera, funciona como una especie de
apertura solemne. Como cuando se corre una cortina y, de pronto, uno entiende
que el drama verdadero es más grande de lo que pensaba.
Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del
agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que
descendía como paloma, y venía sobre Él. Y hubo una voz de los cielos, que
decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.
(Mateo 3:16–17, RVR1960)
La escena es sencilla de narrar, pero enorme en su
significado. Jesús está allí, en el agua. El Espíritu desciende sobre Él. Y el
Padre habla desde el cielo. No estamos ante una confusión de personas, ni ante
una especie de representación simbólica vacía. Tampoco estamos viendo a tres
dioses. Lo que vemos es a Jesús manifestado públicamente en una relación real
con el Padre y con el Espíritu. Por eso Larry Hurtado resumió muy bien esta
tensión al decir que Jesús fue “distinguido de Dios («el Padre») y, sin embargo,
vinculado con Dios” (Hurtado, 2018, p. 50). Esa observación ayuda bastante,
porque evita dos errores comunes: pensar que Jesús es simplemente idéntico al
Padre sin ninguna distinción personal, o pensar que es solo un agente externo a
Dios, como cualquier otro mensajero.
No. En el bautismo, Jesús no aparece como un simple
enviado más. Aparece como el Hijo amado. Y eso cambia todo.
Además, la frase del Padre no sale de la nada. Cuando
Él dice: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”, resuenan
a la vez la filiación del Mesías y el lenguaje del Siervo de Isaías 42:1. Es
como si varias líneas del Antiguo Testamento convergieran de pronto en una sola
persona. El Hijo. El Siervo. El Ungido. El que recibe el Espíritu. El que
agrada al Padre. Todo eso, ahora, no está en promesa solamente. Está delante de
los ojos del lector en la persona concreta de Jesús.
Y todavía hay más. Lucas no deja ese momento como un
recuerdo bonito del inicio. Más adelante muestra a Jesús entrando en la
sinagoga de Nazaret, leyendo precisamente el pasaje de Isaías 61 y aplicándolo
a Sí mismo.
El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha
ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los
quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, y vista a los
ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del
Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de
todos en la sinagoga estaban fijos en Él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha
cumplido esta Escritura delante de vosotros.
(Lucas 4:18–21, RVR1960)
Ese “hoy” de Jesús es tremendo. No está diciendo
simplemente: “este texto me inspira” o “este pasaje describe algo parecido a lo
que hago”. No. Está diciendo: esto se cumple en Mí. O sea, el Ungido esperado
ya llegó. El enviado de Dios ya está aquí. El que obra en el poder del Espíritu
ya está hablando delante de ustedes.
Visto así, la manifestación inaugural de Jesús no
consiste solo en que comienza Su ministerio. Consiste en que comienza a hacerse
visible, de manera pública, quién es Él y cómo debe ser entendido. Él es el
Hijo. No un hijo en sentido débil o genérico, como si solo se quisiera decir
que tiene una relación especial con Dios. Tampoco es un líder religioso que
recibe ayuda divina de vez en cuando. Desde el principio, Su aparición está
marcada por una relación única con el Padre y por la presencia activa del Espíritu.
Brian Edgar lo expresa de una manera útil cuando habla
de “precisamente el Padre que envió al Hijo y al Espíritu” (Edgar, 2020, p.
22). La frase sirve porque pone las cosas en su sitio. La historia de Jesús no
puede contarse correctamente si se la separa del Padre que envía y del Espíritu
que unge. Si uno intenta hablar de Cristo sin esa relación viva, termina
recortándolo. Y cuando se recorta a Jesús, tarde o temprano también se deforma
la comprensión de Dios.
Aquí conviene decir algo con claridad. Esta primera
escena todavía no desarrolla toda la doctrina cristiana sobre el Padre, el Hijo
y el Espíritu. No pretende resolver de una vez todas las preguntas teológicas
posteriores. Pero sí fija los límites dentro de los cuales debe pensarse a
Jesús. Desde Su manifestación pública, Él aparece inseparablemente relacionado
con el Padre y con el Espíritu. Ese dato no es secundario. Es parte del modo en
que los Evangelios quieren que Lo veamos.
Dicho de otra manera: Jesús no llega solo al Jordán y
no sale solo de allí. Sale señalado por el Espíritu y declarado por el Padre.
Sale, por así decirlo, con Su identidad expuesta a la luz. Y eso obliga al
lector a hacerse una pregunta más profunda: si este Jesús aparece desde el
comienzo como el Hijo amado sobre quien descansa el Espíritu, entonces ¿qué
clase de relación tiene con el Padre? ¿Y qué significa exactamente que Él haya
sido enviado?
Esa es, justamente, la pregunta que abre el paso a lo
que sigue.
2. El Hijo enviado por el Padre
Si en la escena del bautismo vimos que Jesús no aparece
solo, aquí damos un paso más. Ahora la pregunta es esta: si el Padre lo
presenta como Su Hijo amado, ¿qué significa exactamente que Él haya sido
enviado? Y junto con esa, aparece otra pregunta –muy común, por cierto–: si
Jesús obedece al Padre, ¿eso quiere decir que es menos que el Padre?
Mucha gente tropieza justo ahí. Porque en nuestra
experiencia humana, el que envía suele estar por encima del enviado. El que
manda ocupa el rango superior, y el que obedece ocupa el inferior. Así
funcionan las oficinas, los ejércitos, las instituciones… y, bueno, casi todo.
Pero cuando uno lleva esa lógica sin más al testimonio bíblico sobre Jesús, se
mete en un problema serio. Porque en el Evangelio de Juan, por ejemplo, el Hijo
es enviado por el Padre, sí; y el Hijo obedece al Padre, sí; pero al mismo tiempo
hace cosas que solo Dios puede hacer y recibe una honra que, según las
Escrituras, corresponde a Dios.
Así que no conviene correr. Primero hay que escuchar
bien el texto.
Desde el Antiguo Testamento ya existía una base para
hablar del Mesías en términos de filiación. No todavía con toda la profundidad
que luego veremos en el Nuevo Testamento, pero sí con una dirección clara. En
la promesa hecha a David, Dios habla del futuro descendiente real con un
lenguaje filial:
Yo le seré a Él padre, y Él me será a mí hijo.
(2 Samuel 7:14, RVR1960)
El punto, de entrada, tiene que ver con el rey
davídico. Dios adopta, por así decirlo, al rey como Su representante. Pero esa
idea no se queda encerrada en la política de Israel. Con el tiempo, abre un
camino más grande. El Salmo 2 retoma esa línea y la intensifica. Allí el rey
ungido no solo es llamado Hijo; también recibe autoridad sobre las naciones.
Mi hijo eres Tú;
Yo te engendré hoy.
Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
Y como posesión tuya los confines de la tierra.
(Salmo 2:7–8, RVR1960)
Hasta aquí, entonces, la filiación del Mesías ya está
en el horizonte bíblico. No es un invento tardío. El problema es que, si uno se
queda solo con esos textos, todavía podría pensar en un hijo en sentido
meramente real o representativo. Un rey escogido, sí; un enviado de Dios, sí.
Pero nada más. Y es justamente ahí donde el Nuevo Testamento aprieta el
argumento y no deja a Jesús encerrado en esa categoría limitada.
Juan, sobre todo, insiste en que Jesús no es solo uno
que viene “de parte de Dios” como venían los profetas. Él es el Hijo enviado
por el Padre de una manera única. Y eso se ve con mucha claridad en uno de los
pasajes más conocidos del Evangelio.
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a
Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga
vida eterna. Porque no envió Dios a Su Hijo al mundo para condenar al mundo,
sino para que el mundo sea salvo por Él.
(Juan 3:16–17, RVR1960)
Y unas líneas más adelante, el mismo pasaje añade esto:
Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla;
pues Dios no da el Espíritu por medida. El Padre ama al Hijo, y todas las cosas
ha entregado en Su mano.
(Juan 3:34–35, RVR1960)
Aquí hay varias cosas ocurriendo al mismo tiempo. El
Padre envía. El Hijo es enviado. El Espíritu es dado sin medida. Y el Padre
entrega todas las cosas en manos del Hijo. Eso ya supera por mucho la idea de
un mensajero cualquiera. Jesús no habla simplemente “en nombre de Dios” como
uno más en una larga fila de enviados. Él viene del Padre, habla las palabras
de Dios, recibe el Espíritu sin medida y tiene en Sus manos todas las cosas.
Ese último detalle importa mucho. Muchísimo. Porque el
lenguaje de “todas las cosas” no es lenguaje pequeño. No describe a un
predicador brillante ni a un agente celestial de rango intermedio. Describe una
relación singular entre el Padre y el Hijo.
Ahora bien, aquí aparece la tensión que muchos sienten:
si el Hijo es enviado, y si hace la voluntad del Padre, ¿no implica eso que es
inferior? La pregunta no es absurda. Tiene lógica… desde nuestra experiencia
cotidiana. Pero el problema es que Juan no deja que la respondamos con nuestras
categorías normales. Él nos obliga a responder con lo que Jesús mismo dice.
De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer
nada por Sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre
hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le
muestra todas las cosas que Él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de
modo que vosotros os maravilléis. Porque como el Padre levanta a los muertos, y
les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida. Porque el Padre a
nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo
como honran al Padre.
(Juan 5:19–23, RVR1960)
Y todavía añade:
Porque como el Padre tiene vida en Sí mismo, así
también ha dado al Hijo el tener vida en Sí mismo.
(Juan 5:26, RVR1960)
Este pasaje es decisivo. Jesús no está diciendo: “Yo
soy un ser inferior que simplemente recibe órdenes”. Tampoco está diciendo: “Yo
actúo por mi cuenta, sin depender de nadie”. Dice algo más profundo y más
difícil de encajar en nuestras categorías rápidas: el Hijo vive en una relación
tan perfecta con el Padre, que hace lo que ve hacer al Padre; da vida como el
Padre da vida; y debe ser honrado como el Padre es honrado.
Ahí está el punto. La obediencia del Hijo no niega Su
dignidad divina. La muestra en clave filial. Su obediencia no es la de una
criatura cualquiera frente a Su Creador, como si el Hijo fuera un simple
subordinado externo. Es la obediencia del Hijo que vive en perfecta comunión
con el Padre y expresa, en Su misión encarnada, esa unidad de querer, de obrar
y de gloria.
Por eso D. A. Carson advierte que, al hablar de estas
cosas, hay que evitar dos errores a la vez: romper la unidad de Dios o rebajar
al Hijo a una categoría menor. En una frase muy sencilla, pero muy útil, resume
así la fe cristiana: “el Padre es Dios y el Hijo es Dios y el Espíritu es Dios”
(Carson, 2012, p. 16). Esa afirmación no pretende multiplicar dioses, sino
impedir que la obediencia del Hijo sea malentendida como negación de Su deidad.
Jesús mismo vuelve sobre el mismo tema en Juan 6, y ahí
el tono es muy claro. Él no vino movido por ambición personal. No vino a
improvisar una misión propia. No vino a levantar Su proyecto. Vino a cumplir la
voluntad del Padre.
Porque he descendido del cielo, no para hacer mi
voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del Padre,
el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo
resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que
todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré
en el día postrero.
(Juan 6:38–40, RVR1960)
Fíjese bien en la combinación. Jesús desciende del
cielo. Eso ya coloca Su origen en un nivel completamente distinto al de
cualquier profeta. Pero, además, desciende para hacer la voluntad del Padre. Y
en esa obediencia no pierde nada de Su grandeza; al contrario, precisamente ahí
la muestra. Porque ese Hijo obediente es el mismo que promete resucitar a los
creyentes en el día final. Otra vez: obediencia, sí… pero junto con una
autoridad y un poder que pertenecen al ámbito mismo de Dios.
Juan 8 vuelve a reforzar esa misma línea, de una forma
casi íntima.
Nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el
Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el
Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.
(Juan 8:28–29, RVR1960)
Eso suena a obediencia, claro. Pero también suena a
cercanía única. A comunión constante. A una relación que no puede explicarse
solo en términos de jerarquía. Jesús no habla como un siervo distante que
apenas recibe instrucciones ocasionales. Habla como el Hijo que vive en
presencia del Padre, que es enseñado por el Padre y que nunca está separado de
Él.
Aquí vale la pena hacer una pausa, porque este es uno
de esos puntos donde muchos lectores, sinceramente, se confunden. Algunos
piensan: “Si Jesús ora, si obedece, si es enviado, entonces no puede ser Dios”.
Pero esa conclusión no sale del texto; sale de una idea demasiado plana de lo
que significa ser Dios y de cómo el Nuevo Testamento presenta al Hijo. El
problema no está en la Biblia. El problema está en la suposición previa.
Bart D. Ehrman, por ejemplo, al discutir este tipo de
pasajes en relación con la cristología primitiva, sostiene que Jesús no era
–“definitivamente no”– “igual” a Dios (Ehrman, 2014, p. 138). Esa objeción hay
que tomarla en serio, porque representa una lectura moderna bastante extendida:
Jesús sería un ser exaltado, incluso celestial, pero no plenamente Dios en el
sentido fuerte. Sin embargo, el Evangelio de Juan no deja ese espacio tan
abierto. El Hijo da vida a quien quiere, recibe el juicio universal, debe ser
honrado como el Padre y ha descendido del cielo para cumplir la voluntad
divina. El retrato no encaja bien con la idea de una figura meramente
intermedia.
Además, cuando el Nuevo Testamento resume la obra
salvadora, vuelve a usar este patrón de envío del Padre, misión del Hijo y
presencia del Espíritu. Pablo lo dice de forma comprimida, pero muy hermosa:
Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió
a Su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que
estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por
cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, el
cual clama: ¡Abba, Padre!
(Gálatas 4:4–6, RVR1960)
Ahí está, otra vez, la secuencia completa. Dios envía a
Su Hijo. Luego envía el Espíritu de Su Hijo. Y el resultado es que los
creyentes son introducidos en una relación filial con Dios. O sea, la misión
del Hijo no es un episodio aislado. Es el corazón mismo de la salvación.
Hebreos lo expresa de otra manera, pero en la misma
línea: el Hijo viene al mundo para hacer la voluntad de Dios.
He aquí que vengo, oh Dios, para hacer Tu voluntad.
(Hebreos 10:7, RVR1960; cf. 10:5–10)
De modo que, cuando esta sección habla del Hijo enviado
por el Padre, no está hablando simplemente de “una tarea” que Jesús recibe.
Está hablando de Su identidad misma en acción. Él es el Hijo que viene del
Padre. Él es el Hijo que vive para agradar al Padre. Él es el Hijo cuya
obediencia no Lo empequeñece, sino que nos deja ver, en forma histórica y
humana, la relación eterna y perfecta que tiene con el Padre.
Y esto nos deja listos para el paso siguiente. Porque
si el Hijo viene del Padre, habla lo que el Padre le enseña y hace lo que ve
hacer al Padre, entonces la pregunta ya no es solo qué misión cumple, sino qué
revela. En otras palabras: si uno mira de verdad al Hijo, ¿qué es lo que llega
a conocer acerca del Padre? Esa será la cuestión de la próxima sección.
3. El Hijo revela al Padre
Si en la sección anterior vimos que el Hijo viene
enviado por el Padre, ahora el asunto se vuelve todavía más profundo. Porque
una cosa es decir que Jesús viene de parte de Dios… y otra, mucho más seria, es
decir que en Jesús llegamos a conocer quién es Dios. Ahí ya no estamos hablando
solo de misión. Estamos hablando de revelación.
Y este punto importa muchísimo. Porque mucha gente
piensa en Jesús como alguien que enseña sobre Dios, parecido a un profeta o a
un predicador fiel. Alguien que habla correctamente acerca del Padre, que
transmite Su mensaje, que orienta al pueblo hacia Él. Y sí, Jesús hace todo
eso. Pero el Nuevo Testamento dice más. Bastante más. Dice que en Él no solo
oímos información correcta sobre Dios; en Él vemos a Dios dándose a conocer.
Para sentir el peso de eso, conviene volver un momento
al Antiguo Testamento. Allí aparece una tensión que atraviesa toda la historia
bíblica. Por un lado, Dios se revela. Habla, actúa, muestra Su carácter. Pero,
por otro lado, Él no puede ser abarcado ni visto plenamente por el ser humano
pecador. Cuando Moisés pide ver Su gloria, la respuesta marca un límite muy
claro.
No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y
vivirá.
(Éxodo 33:20, RVR1960)
Y, sin embargo, en el mismo contexto Dios no se queda
callado ni escondido de manera absoluta. Él pasa delante de Moisés, proclama Su
nombre y se da a conocer por Su carácter.
¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso;
tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a
millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún
modo tendrá por inocente al malvado.
(Éxodo 34:6–7, RVR1960)
Ese detalle es clave. Dios no puede ser reducido a una
imagen manejable. No se deja capturar. No se deja domesticar. Pero sí se
revela. Se da a conocer por Su nombre, por Su gloria, por Su carácter. Entonces
la gran pregunta queda flotando en el aire: si nadie puede ver plenamente a
Dios, ¿cómo llegará el ser humano a conocerlo de verdad?
Es justamente ahí donde entra Jesús con una fuerza
impresionante. Juan abre Su Evangelio llevando al lector al principio de todo,
antes del pesebre, antes del Jordán, antes incluso de Abraham. Y lo hace para
decir algo que cambia toda la discusión.
En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios,
y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por Él
fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
(Juan 1:1–3, RVR1960)
Y luego añade:
Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros
(y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de
verdad.
(Juan 1:14, RVR1960)
Y todavía remata así:
A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está
en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer.
(Juan 1:18, RVR1960)
Aquí ya no estamos ante un maestro más en la larga
lista de enviados. Juan dice que el Verbo estaba con Dios y era Dios; que ese
Verbo se hizo carne; y que ese Hijo, precisamente por estar en la intimidad del
Padre, es quien Lo ha dado a conocer. O sea: el Dios que nadie puede ver
plenamente se ha dado a conocer en el Hijo encarnado.
Eso significa que Jesús no solo trae un mensaje
verdadero sobre Dios. Él es la revelación personal de Dios. No una idea, no un
símbolo, no una pista. Una persona concreta. Se puede escuchar, mirar, tocar,
seguir. Y por eso la encarnación no es un detalle pintoresco de la fe
cristiana. Es el modo en que Dios mismo ha querido hacerse conocer.
D. A. Carson lo resume muy bien cuando dice que el Hijo
“ha revelado de la manera más completa a Su Padre celestial” (Carson, 2012, p.
22). Esa frase va al centro del asunto. Jesús no es apenas uno que sabe muchas
cosas sobre Dios. Es Aquel en quien el Padre se da a conocer de la forma más
plena.
Eso mismo aparece en labios de Jesús en una frase
corta, pero cargada de dinamita. En Mateo 11, Él dice:
Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y
nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y
aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
(Mateo 11:27, RVR1960)
Hay que leer ese versículo despacio. Jesús no dice
simplemente que Él conoce bien al Padre, como podría decirlo un hombre muy
espiritual. Dice que nadie conoce al Padre sino el Hijo, y que solo aquellos a
quienes el Hijo quiera revelarlo llegan a conocerlo. Eso coloca a Jesús en un
lugar único. Absolutamente único. El conocimiento verdadero de Dios depende de
Él.
Y aquí conviene ser directos: si eso es cierto,
entonces uno no puede quedarse con una religión genérica que hable de “Dios” en
abstracto. No basta con decir que uno cree en el Creador, en lo espiritual, en
el Ser Supremo, en la fe… todo eso suena elevado, pero puede quedarse en
niebla. Según Jesús, el conocimiento real del Padre pasa por el Hijo. No hay un
camino paralelo, más simple o más neutro.
Juan vuelve a decir lo mismo en otro momento, pero de
manera todavía más concreta. Felipe le pide a Jesús que les muestre al Padre, y
Jesús responde con una mezcla de ternura y de asombro, como diciendo: “¿Todavía
no entiendes?”
Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con
vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al
Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el
Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi
propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, Él hace las obras.
(Juan 14:9–10, RVR1960)
Y sigue así:
Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de
otra manera, creedme por las mismas obras.
(Juan 14:11, RVR1960)
Esta es, quizá, una de las afirmaciones más claras de
todo el capítulo. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” Jesús no está
diciendo que Él sea el Padre, como si no hubiera distinción personal. Ya en el
mismo Evangelio eso queda descartado una y otra vez: el Padre envía, ama,
habla; el Hijo obedece, revela, ora. Hay distinción real. Pero tampoco está
diciendo que Él sea apenas un portavoz externo. Está diciendo que, al verlo a
Él, al escucharlo, al contemplar Sus palabras y Sus obras, se está viendo al
Padre dado a conocer en el Hijo.
Larry Hurtado insistía en que el Nuevo Testamento
distingue a Jesús de Dios Padre y, al mismo tiempo, Lo vincula con Dios de una
manera única (Hurtado, 2018, p. 50). Eso encaja perfectamente aquí. Jesús no se
confunde con el Padre, pero tampoco puede ser metido en la misma categoría que
un simple profeta. Su relación con el Padre es tan profunda que verlo a Él es
conocer al Padre.
El autor de Hebreos lo expresa con un lenguaje
bellísimo y muy preciso:
Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras
en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha
hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo
hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de Su gloria, y la imagen misma
de Su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de Su poder,
habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de Sí mismo,
se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.
(Hebreos 1:1–3, RVR1960)
Note cómo va creciendo el texto. Dios habló antes por
los profetas. Ahora habla por el Hijo. Y este Hijo no es un profeta más. Es el
resplandor de Su gloria y la imagen misma de Su sustancia. Esa expresión apunta
a una correspondencia perfecta en la revelación. En otras palabras, Jesús no
deforma a Dios. No Lo representa parcialmente. No Lo traduce con errores. Él es
la manifestación fiel, exacta, plena.
Pablo va por la misma línea cuando llama a Cristo “la
imagen del Dios invisible” y dice que en Él “habita toda la plenitud”
(Colosenses 1:15, 19, RVR1960). Y en 2 Corintios afirma que la luz del
conocimiento de la gloria de Dios resplandece “en la faz de Jesucristo” (2
Corintios 4:6, RVR1960). El punto es consistente: la gloria de Dios no queda
escondida detrás de Jesús, como si hubiera que dejarlo a un lado para llegar
por fin al Padre. No. Esa gloria resplandece en Él.
Esto corrige un error muy común. A veces la gente habla
como si Jesús fuera “el amable”, mientras el Padre sería “el serio”; como si
Jesús viniera a suavizar a Dios o a hacerlo más accesible. Pero eso no es lo
que enseñan los textos. Jesús no vino a modificar el carácter del Padre, sino a
revelarlo. Si vemos gracia en Jesús, estamos viendo la gracia de Dios. Si vemos
verdad en Jesús, estamos viendo la verdad de Dios. Si vemos santidad,
compasión, paciencia, autoridad y pureza en Jesús, estamos viendo quién es
Dios.
Por eso esta sección no es un lujo doctrinal. Es algo
profundamente práctico. Porque la persona que se acerca a Jesús no está siendo
desviada del Padre. Está siendo conducida al Padre. Y la persona que rechaza a
Jesús, aunque crea que sigue buscando a Dios por otros caminos, termina
rechazando la revelación más clara de Dios que ha sido dada al mundo.
Dicho de forma sencilla: si usted quiere saber cómo es
Dios, mire a Jesús. Escúchelo. Obsérvelo. Vea cómo trata a los pecadores, cómo
enfrenta la hipocresía, cómo ama, cómo juzga, cómo perdona, cómo habla de Su
Padre. Ahí no está viendo un reflejo borroso. Está viendo al Hijo, que revela
al Padre.
Y, claro, eso abre la puerta a la siguiente pregunta.
Si el Hijo revela al Padre de manera tan plena, ¿cómo ocurre esa revelación en
la historia concreta de Su ministerio? ¿Qué papel tiene el Espíritu en esa
misión reveladora? Ese será el paso siguiente.
4. El Espíritu y el Hijo
Si en la sección anterior vimos que el Hijo revela al
Padre, ahora hace falta dar otro paso. Porque alguien podría pensar: “Está
bien, Jesús revela a Dios… pero lo hace solo, por Su propia cuenta, como un
héroe espiritual autosuficiente”. Y no. Ese no es el retrato bíblico. El Nuevo
Testamento no presenta a Jesús como una figura aislada que actúa al margen del
Espíritu. Lo presenta como el Hijo sobre quien reposa el Espíritu, el Hijo que
obra en comunión con el Espíritu, y el Hijo que, al irse, promete el don del
Espíritu a los Suyos.
Eso ya venía anunciado desde antes. Isaías había dicho
que el Mesías no estaría simplemente investido de autoridad, sino marcado por
la presencia del Espíritu del Señor.
Y reposará sobre Él el Espíritu de Jehová; espíritu de
sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de
conocimiento y de temor de Jehová.
(Isaías 11:2, RVR1960)
Y unas páginas después vuelve a decirlo con un lenguaje
aún más directo, uniendo claramente el Espíritu con la misión del Ungido:
El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me
ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a
los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos
apertura de la cárcel.
(Isaías 61:1, RVR1960)
Aquí ya se ve la lógica. El Mesías no solo viene de
Dios; viene ungido por Dios. No solo trae un mensaje; trae la presencia activa
del Espíritu en Su misión. Y esto importa, porque evita dos errores que son muy
comunes. El primero es imaginar a Jesús como alguien desconectado del Espíritu,
como si todo dependiera únicamente de Su fuerza propia. El segundo es hablar
del Espíritu como si fuera una energía vaga, una especie de “poder” sin rostro
ni voluntad. La Biblia no va por ahí. La Biblia habla de una relación viva,
personal y activa entre el Hijo y el Espíritu.
Ezequiel añade un matiz muy importante. La obra de Dios
no consistiría solo en enviar un libertador externo, sino en renovar por dentro
a Su pueblo mediante Su Espíritu.
Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro
de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un
corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros Mi Espíritu, y haré que andéis en
Mis estatutos, y guardéis Mis preceptos, y los pongáis por obra.
(Ezequiel 36:26–27, RVR1960)
Eso prepara muy bien lo que vemos en Jesús. Porque Su
misión no se limita a enseñar, corregir o inspirar. Él viene a traer la obra
renovadora de Dios. Y esa obra está ligada al Espíritu.
Se nota con claridad cuando Jesús habla de Sus
expulsiones de demonios. Él no presenta Su autoridad como una demostración
individualista, como si estuviera compitiendo con otros exorcistas para probar
que tiene más poder. La presenta como una señal de que el Reino de Dios ha
llegado y de que Su obra está ocurriendo por el Espíritu de Dios.
Pero si Yo por el Espíritu de Dios echo fuera los
demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios.
(Mateo 12:28, RVR1960)
Ese versículo es breve, pero es potentísimo. Jesús no
dice simplemente: “Yo tengo poder”. Dice: “Yo por el Espíritu de Dios echo
fuera los demonios”. O sea, Su autoridad mesiánica opera en comunión con el
Espíritu. La victoria sobre el mal, la irrupción del Reino y la misión del Hijo
no pueden separarse del actuar del Espíritu.
Y aquí hace falta subrayar algo. Cuando el Nuevo
Testamento habla así, no está rebajando a Jesús. No está diciendo que Él es
débil y que necesita una fuerza externa para compensar Su insuficiencia. Está
mostrando cómo actúa el Hijo en Su misión encarnada: enviado por el Padre,
ungido por el Espíritu, revelando a Dios en una historia concreta. Así obra el
Hijo hecho carne. No en aislamiento, sino en comunión.
Eso mismo aparece de manera muy bella y muy profunda en
el Evangelio de Juan. Allí Jesús prepara a Sus discípulos para Su partida. Y,
en vez de dejarlos con la idea de una ausencia fría, les promete al Espíritu.
Pero lo hace de una forma que obliga al lector a pensar con más cuidado.
Y Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para
que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no
puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque
mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a
vosotros.
(Juan 14:16–18, RVR1960)
Un poco más adelante añade:
Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre
enviará en Mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo
que Yo os he dicho.
(Juan 14:26, RVR1960)
Aquí hay demasiado contenido como para pasarlo por
encima. El Padre da al Espíritu. El Hijo lo pide. El Espíritu viene como “otro
Consolador”. Y, sin embargo, Jesús puede decir: “No os dejaré huérfanos; vendré
a vosotros”. ¿Qué significa eso? Significa, entre otras cosas, que la venida
del Espíritu no compite con la presencia de Jesús, sino que la prolonga y la
comunica. El Espíritu no viene a reemplazar a Cristo con otro proyecto
distinto. Viene a hacer presente la obra y la comunión del Hijo en los Suyos.
Por eso Matthew Barrett tiene razón cuando afirma que
“la presencia del Espíritu morando en el creyente es la presencia de Dios mismo
morando en él” (Barrett, 2012, p. 39). Esa observación ayuda mucho, porque
impide reducir al Espíritu a una influencia impersonal. Si el Espíritu mora en
los creyentes, no estamos hablando de un simple impulso emocional o de una
corriente religiosa intensa. Estamos hablando de la presencia misma de Dios.
Jesús sigue desarrollando esta idea en Juan 15. Y allí
el papel del Espíritu queda todavía más claro: Él no llama la atención hacia Sí
mismo de manera aislada, sino que da testimonio del Hijo.
Pero cuando venga el Consolador, a quien Yo os enviaré
del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, Él dará testimonio
acerca de mí.
(Juan 15:26, RVR1960)
Eso corrige otro error bastante común. A veces la gente
contrapone al Espíritu y a Jesús, como si una vida “más espiritual” implicara
una vida menos centrada en Cristo. Pero en el Evangelio de Juan ocurre lo
contrario. El Espíritu da testimonio de Jesús. Lo glorifica. Toma de lo de Él.
Hace que los discípulos comprendan mejor quién es Él. El Espíritu no desplaza
al Hijo; lo hace más claramente conocido.
Jesús lo explica todavía con más detalle en el capítulo
siguiente:
Pero cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a
toda la verdad; porque no hablará por Su propia cuenta, sino que hablará todo
lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará;
porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío;
por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber.
(Juan 16:13–15, RVR1960)
Este pasaje es importantísimo para el capítulo. El
Espíritu no aparece como una energía suelta, ni como una voz paralela, ni como
una fuente de revelación independiente que pueda desligarse de Jesús. Él guía,
habla, anuncia, glorifica y comunica. Es decir, actúa personalmente. Y todo eso
lo hace en una relación estrecha con el Hijo y con el Padre. Toma de lo de
Cristo, y lo de Cristo está en relación con todo lo que el Padre tiene. Es una
unidad de acción y de revelación que no permite separar artificialmente a uno
del otro.
Brian Edgar lo formula bien cuando habla de
“precisamente el Padre que envió al Hijo y al Espíritu” (Edgar, 2020, p. 22).
La frase suena sencilla, pero pone el dedo en el punto exacto: la misión de
Jesús y la misión del Espíritu pertenecen a la única obra de Dios. No son dos
planes distintos ni dos etapas desconectadas. El Padre envía al Hijo, y el
Padre envía al Espíritu en relación con el Hijo. La misión divina no está
partida.
Pablo recoge esa misma realidad con un lenguaje muy
denso en Romanos 8. Allí habla del Espíritu de Dios y, al mismo tiempo, del
Espíritu de Cristo, sin sugerir contradicción alguna.
Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el
Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene
el Espíritu de Cristo, no es de Él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo
en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la
justicia. Y si el Espíritu de Aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en
vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también
vuestros cuerpos mortales por Su Espíritu que mora en vosotros.
(Romanos 8:9–11, RVR1960)
Eso no significa que el Espíritu y el Hijo sean la
misma persona. Pablo no está borrando las distinciones. Lo que está mostrando
es la intimidad real entre la presencia del Espíritu y la presencia de Cristo
en la vida del creyente. Donde mora el Espíritu, Cristo no queda ausente. Donde
Cristo salva, el Espíritu no queda al margen. Otra vez, unidad de acción… y
distinción personal.
Pedro, por su parte, resume el ministerio de Jesús de
una manera muy directa:
Cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a
Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los
oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.
(Hechos 10:38, RVR1960)
Ese resumen es valioso porque evita que compliquemos
innecesariamente lo que el texto quiere mostrar. Jesús anduvo haciendo bienes,
sanando y venciendo la opresión del diablo porque Dios estaba con Él y porque
fue ungido con el Espíritu Santo y con poder. No hay aquí un Mesías
desconectado del Espíritu. Tampoco hay un Espíritu abstracto, separado del
Mesías. Hay una misión viva, concreta, histórica, en la que el Hijo actúa en
comunión con el Espíritu.
Dicho de forma sencilla: si uno habla mucho de Jesús,
pero deja al Espíritu reducido a una especie de electricidad religiosa, todavía
no ha entendido bien el cuadro bíblico. Y si uno habla mucho del Espíritu, pero
casi no habla de Cristo, tampoco. El Espíritu está unido a la misión del Hijo.
Él lo señala, lo glorifica, comunica lo Suyo y hace efectiva Su presencia entre
los creyentes.
Eso nos deja al borde de la siguiente cuestión. Porque
si el Hijo actúa en esta comunión viva con el Espíritu, y si el Espíritu no lo
eclipsa sino que lo testifica, entonces la pregunta siguiente es inevitable:
¿qué clase de dignidad tiene este Hijo? ¿Qué significa que comparta con el
Padre gloria, nombre y honra? Ahí nos lleva la próxima sección.
5. La gloria del Hijo
Si en la sección anterior vimos que el Hijo actúa en
comunión viva con el Espíritu, ahora llegamos a un punto donde el terreno se
pone más exigente. Porque una cosa es decir que Jesús fue enviado por el Padre,
que reveló al Padre y que obró en el poder del Espíritu. Y otra, mucho más
fuerte, es afirmar que Él comparte gloria, nombre y honra divinos sin dejar de
distinguirse del Padre.
Aquí ya no basta con decir que Jesús es especial.
Tampoco basta con llamarlo Maestro, Profeta o incluso Mesías, si con esas
palabras uno piensa en una figura elevada pero, al fin y al cabo, creada. El
Nuevo Testamento aprieta más. Mucho más. Y lo hace precisamente en un punto muy
delicado: la gloria que pertenece a Dios.
En Isaías, Dios habla con una claridad que no deja
espacio para repartos fáciles de Su majestad.
Yo Jehová; este es Mi nombre; y a otro no daré Mi
gloria, ni Mi alabanza a esculturas.
(Isaías 42:8, RVR1960)
Ese texto crea una tensión tremenda. Si Dios no da Su
gloria a otro, entonces ¿qué hacemos con los pasajes del Nuevo Testamento en
los que Jesús recibe gloria, honra, adoración y señorío universal? Esa es la
pregunta real. Y no se resuelve bajando el volumen de los textos. Se resuelve
dejándolos hablar.
Jesús mismo, en el Evangelio de Juan, dice algo que
sería escandaloso si no fuera verdad. Al hablar de Su relación con el Padre,
afirma que la honra debida al Hijo no puede ser de categoría inferior.
Para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El
que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió.
(Juan 5:23, RVR1960)
Eso es radical. Jesús no dice: “Honren al Hijo, aunque
un poco menos”. No dice: “Respétenlo como a un gran representante”. Dice: “como
honran al Padre”. Y aquí hace falta ser honestos: un judío monoteísta del siglo
primero no diría eso de un ser meramente creado sin sentir que está invadiendo
el terreno reservado a Dios.
Lo mismo ocurre cuando Jesús habla de la gloria que
tenía con el Padre antes de la creación del mundo.
Ahora pues, Padre, glorifícame Tú al lado Tuyo, con
aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.
(Juan 17:5, RVR1960)
Ese versículo es demasiado fuerte como para disolverlo
en una frase bonita. Jesús no está hablando aquí de una gloria futura que
apenas espera recibir, como premio por Su fidelidad. Está hablando de una
gloria que tuvo con el Padre antes que existiera el mundo. Eso apunta a
preexistencia, sí; pero no solo a preexistencia. Apunta a comunión de gloria.
Y cuando uno junta eso con Isaías 42:8, la conclusión
empieza a estrecharse: si Dios no comparte Su gloria con “otro”, y si el Hijo
habla de una gloria que tuvo con el Padre antes del mundo, entonces Jesús no
puede ser “otro” en el sentido de una criatura externa a la identidad divina.
Algo mucho más profundo está ocurriendo.
El Antiguo Testamento ya había dejado pistas extrañas,
hermosas, provocadoras. El Salmo 110, por ejemplo, presenta una escena donde
David habla de dos “Señores” sin confundirlos.
Jehová dijo a mi Señor:
Siéntate a Mi diestra,
Hasta que ponga a Tus enemigos por estrado de Tus pies.
(Salmo 110:1, RVR1960)
Y Daniel ve a uno “como un hijo de hombre” que recibe
dominio, gloria y reino de parte del Anciano de días.
Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las
nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de
días, y le hicieron acercarse delante de Él. Y le fue dado dominio, gloria y
reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; Su dominio
es dominio eterno, que nunca pasará, y Su reino uno que no será destruido.
(Daniel 7:13–14, RVR1960)
Ese pasaje también pesa. El “hijo de hombre” es
distinguido del Anciano de días, sí. No son la misma persona. Pero recibe
dominio universal, gloria y servicio de todos los pueblos. Es decir, atributos
y respuestas que rozan el terreno de lo divino. El Nuevo Testamento no inventa
de la nada esta conversación. La recoge y la lleva a su cumplimiento en Jesús.
Ahora bien, uno de los textos más decisivos de toda
esta discusión es Filipenses 2. Y aquí conviene ir despacio, porque este pasaje
ha sido muy debatido. Pablo describe el movimiento del Hijo desde Su
preexistencia, pasando por Su humillación, hasta Su exaltación.
El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser
igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo, tomando
forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de
hombre, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte
de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre
que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla
de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda
lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
(Filipenses 2:6–11, RVR1960)
Lo que Pablo hace aquí es impresionante. Toma el
lenguaje de Isaías 45, donde es YHWH mismo quien declara que ante Él se doblará
toda rodilla y jurará toda lengua, y lo aplica a Jesucristo.
Mirad a Mí, y sed salvos, todos los términos de la
tierra, porque Yo soy Dios, y no hay más. Por Mí mismo hice juramento, de Mi
boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a Mí se doblará toda
rodilla, y jurará toda lengua.
(Isaías 45:22–23, RVR1960)
Ese es el trasfondo. Pablo no está inventando una
poesía religiosa cualquiera. Está tomando una afirmación exclusiva del Dios de
Israel y la está poniendo en relación directa con el señorío universal de
Jesús. Eso no significa que el Padre desaparezca ni que el Hijo sea confundido
con Él. El mismo texto termina “para gloria de Dios Padre”. Hay distinción
personal. Pero también hay una inclusión del Hijo en el ámbito del honor
divino.
Aquí aparece una objeción importante. Bart Ehrman, por
ejemplo, ha sostenido que en pasajes como Filipenses 2 Jesús no es –cito la
idea en español– “definitivamente no ‘igual’ a Dios” (Ehrman, 2014, p. 138).
Michael Kok, desde otro ángulo, ha advertido que no todos los estratos del
Nuevo Testamento expresan del mismo modo una cristología de identidad divina, y
habla de ciertos datos como “un dato anómalo contra el paradigma de la
cristología alta temprana” (Kok, 2016, p. 104). Esa advertencia no debe ser descartada
con ligereza. Sirve para recordar que la discusión académica es real y que los
textos no deben ser aplastados para que todos suenen idénticos.
Pero una cosa es reconocer diversidad de énfasis en el
Nuevo Testamento, y otra muy distinta es negar la dirección global de su
testimonio. Y esa dirección es bastante clara. Cuando Pablo habla del Hijo en
Filipenses 2, no lo presenta como una simple criatura recompensada por su
humildad, sino como Aquel que existía “en forma de Dios” y que, después de Su
humillación, recibe la confesión universal de Su señorío en los términos mismos
de Isaías 45.
Algo parecido sucede en 1 Corintios 8. Pablo reafirma
el monoteísmo bíblico, pero lo hace de una manera que incluye a Jesucristo
dentro de la confesión central de la fe.
Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre,
del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para Él; y un Señor,
Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de Él.
(1 Corintios 8:6, RVR1960)
Ese versículo no rompe el monoteísmo; lo reformula
cristológicamente. Pablo no dice: “hay un Dios… y además, aparte de Él, otro
ser divino menor llamado Jesús”. Tampoco dice: “Jesús es simplemente una
herramienta”. Dice que hay un solo Dios, el Padre, y un solo Señor, Jesucristo,
por medio del cual son todas las cosas. El Hijo queda incluido en la obra
creadora y en la confesión misma del único Dios.
Y esto alcanza su punto culminante en Apocalipsis 5.
Allí Juan ve al Cordero en el centro del trono y oye la adoración que le es
rendida.
Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del
trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y Su número era millones de
millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar
el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la
alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo
de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al
que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la
gloria y el poder, por los siglos de los siglos.
(Apocalipsis 5:11–13, RVR1960)
Aquí ya no estamos ante una pista lateral. Estamos ante
adoración cósmica. El Cordero recibe, junto con el que está sentado en el
trono, alabanza, honra, gloria y poder por los siglos. Richard Bauckham resume
este punto con mucha precisión al decir que el Cordero “comparte la gloria
debida a Dios” (Bauckham, 1993, p. 61). Eso es exactamente lo que la visión
muestra. No dos dioses compitiendo. No un politeísmo refinado. Sino al Cordero
incluido en la gloria divina sin borrar la distinción respecto del Padre.
El Evangelio de Juan da una expresión muy concreta de
esto al final, cuando Tomás ve al Resucitado y responde:
¡Señor mío, y Dios mío!
(Juan 20:28, RVR1960)
Y Pablo, por su parte, lo sintetiza de manera muy
contundente al decir que en Cristo “habita corporalmente toda la plenitud de la
Deidad” (Colosenses 2:9, RVR1960). No una chispa. No una representación
parcial. Toda la plenitud.
Ahora bien, aquí hace falta mantener el equilibrio.
Porque esta sección no está diciendo que el Hijo sea el Padre. No los estamos
confundiendo. El Hijo ora al Padre, es enviado por el Padre, se sienta a la
diestra del Padre. La distinción es real. Pero, precisamente sin borrar esa
distinción, el Nuevo Testamento le atribuye al Hijo gloria, honra, nombre,
señorío y adoración que pertenecen al ámbito de Dios. Y ese es el punto: el
Hijo comparte lo que solo Dios posee, sin dejar de ser distinto del Padre como persona.
Dicho más sencillamente: Jesús no cabe en la categoría
de un ser creado muy excelso. Esa categoría se rompe una y otra vez cuando los
textos le atribuyen lo que Isaías reserva para YHWH, cuando lo sientan en el
trono, cuando lo confiesan como Señor universal y cuando toda criatura lo adora
junto con el Padre.
Y eso nos deja listos para el cierre del capítulo.
Porque, si todo esto es así, entonces la confesión cristiana no puede quedarse
en frases dispersas sobre Jesús, el Padre y el Espíritu. Tiene que explicar
cómo esta revelación se sostiene sin romper la verdad básica de Israel: que
Dios es uno. Esa será la tarea de la última sección.
6. El único Dios y la salvación
Después de todo lo que hemos visto en este capítulo,
queda una pregunta que ya no se puede esquivar. Si Jesús aparece con el Padre y
el Espíritu, si es enviado por el Padre, si revela al Padre, si obra en
comunión con el Espíritu y si comparte gloria, nombre y honra divinos…
entonces, ¿qué pasa con la verdad básica de Israel de que Dios es uno?
Esa pregunta no es un detalle técnico. Es la pregunta
grande. La decisiva. Porque la fe bíblica no permite jugar con el monoteísmo
como si fuera una pieza movible. Israel no fue llamado a creer en muchos
dioses, ni en un dios principal rodeado de otros seres casi divinos. El punto
de partida sigue siendo el mismo.
Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.
(Deuteronomio 6:4, RVR1960)
Eso no se cancela en el Nuevo Testamento. No se
suaviza. No se reemplaza. Sigue en pie. Y precisamente por eso este capítulo no
ha querido presentar al Padre, al Hijo y al Espíritu como tres dioses. Esa
sería una caricatura, no la fe cristiana. D. A. Carson lo resume con una
fórmula breve y útil: “el Padre es Dios, y el Hijo es Dios, y el Espíritu es
Dios” (Carson, 2012, p. 16). La frase hay que leerla con cuidado. No significa
que haya tres dioses. Significa que la única Deidad no puede pensarse ya ignorando
al Hijo y al Espíritu.
Ahí está el punto. El Nuevo Testamento no rompe el
monoteísmo; lo obliga a ser pensado a la luz de la revelación de Jesús y de la
acción del Espíritu. Larry Hurtado lo expresó de una manera muy precisa al
decir que Jesús fue “distinguido de Dios (‘el Padre’) y, sin embargo, vinculado
con Dios” (Hurtado, 2018, p. 50). Esa tensión atraviesa todo el testimonio
apostólico. Distinción real… y vínculo real. No confusión de personas, pero
tampoco separación de naturaleza o de gloria.
Uno de los textos donde esto aparece con más claridad
es la gran comisión. Jesús, ya resucitado, no manda a bautizar en tres nombres
independientes ni en una lista casual de autoridades espirituales. Habla de un
solo “nombre”, y dentro de ese nombre coloca al Padre, al Hijo y al Espíritu
Santo.
Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
(Mateo 28:18–20, RVR1960)
Eso es muy fuerte. El bautismo cristiano, desde su
misma formulación, no se limita a mencionar a Dios en abstracto. Tampoco
menciona a Jesús solo. Y tampoco deja al Espíritu como una fuerza impersonal
sin lugar propio. La fe y la obediencia del discípulo quedan marcadas por el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Un solo nombre. Tres
referentes personales. No es una fórmula vacía; es una síntesis de la realidad
de Dios tal como ha sido revelada en la historia de la salvación.
Pablo va en la misma dirección cuando bendice a la
iglesia de Corinto. Y eso también importa, porque muestra que esto no era una
especulación tardía, reservada para debates de especialistas. Era parte de la
vida concreta de la iglesia, de su culto, de su experiencia diaria.
La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la
comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.
(2 Corintios 13:14, RVR1960)
Fíjese cómo se mueve el texto. La gracia viene del
Señor Jesucristo, el amor de Dios —es decir, del Padre en el uso paulino
inmediato— y la comunión del Espíritu Santo. Pablo no está armando un
rompecabezas teórico. Está bendiciendo a la iglesia. Está hablando de la manera
en que la salvación es vivida: gracia, amor y comunión; Hijo, Padre y Espíritu.
Lo mismo ocurre en 1 Corintios 12, cuando Pablo habla
de los dones y de la vida de la iglesia. El patrón triádico aparece otra vez,
pero ahora ligado al servicio y a la diversidad dentro del cuerpo.
Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu
es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay
diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el
mismo.
(1 Corintios 12:4–6, RVR1960)
Y en Efesios 4 el argumento se vuelve todavía más
claro, porque conecta la unidad de la iglesia con la identidad misma de Dios.
Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también
llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un
bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en
todos.
(Efesios 4:4–6, RVR1960)
Es decir, la unidad de la iglesia no descansa en un
sentimiento bonito de fraternidad. Descansa en la realidad de Dios tal como Él
se ha dado a conocer: un Espíritu, un Señor, un Dios y Padre. No estamos frente
a una ocurrencia marginal del Nuevo Testamento. Estamos frente a un patrón
repetido, estable, profundo.
Pedro también lo deja ver cuando resume la salvación
con una estructura claramente triádica.
Elegidos según la presciencia de Dios Padre en
santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de
Jesucristo.
(1 Pedro 1:2, RVR1960)
Ese versículo es casi una miniatura de la salvación
cristiana. El Padre elige. El Espíritu santifica. Jesucristo limpia y reclama
obediencia. Otra vez: no son tres planes distintos, ni tres dioses colaborando.
Es la única obra de Dios en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu aparecen
distinguidos, activos e inseparables.
Brian Edgar ayuda a poner esto en su sitio cuando
insiste en que es “precisamente el Padre quien envió al Hijo y al Espíritu”
(Edgar, 2020, p. 22). Esa observación es muy útil para cerrar el capítulo,
porque nos recuerda que la doctrina no nace de especulaciones abstractas, sino
de la historia de la salvación. El Padre envía al Hijo. El Padre y el Hijo dan
el Espíritu. La obra salvadora tiene esta forma porque Dios es así y se ha
revelado así.
Y aquí conviene volver a algo que ya vimos antes, pero
ahora con función de cierre: el Espíritu no puede ser tratado como un apéndice
tardío o como una mera “energía religiosa”. Matthew Barrett tiene razón al
señalar que “la presencia moradora del Espíritu es la presencia moradora de
Dios mismo” (Barrett, 2012, p. 39). Si eso es así, entonces la comunión del
Espíritu no es un añadido emocional a la vida cristiana. Es la participación
real en la presencia de Dios. Por eso el cierre del capítulo no puede hablar
solo del Padre y del Hijo, dejando al Espíritu borroso. Si el Espíritu
santifica, habita, guía y comunica la vida de Cristo a los creyentes, entonces
Él pertenece plenamente a esta realidad divina y salvífica.
Ahora bien, para ser justos, hay que reconocer que no
todos los estudiosos aceptan este cuadro del mismo modo. Michael Kok ha
advertido que ciertos materiales del Nuevo Testamento son vistos por algunos
como “un dato anómalo contra el paradigma de la cristología alta temprana”
(Kok, 2016, p. 104). Es decir, no todos están convencidos de que todos los
estratos del Nuevo Testamento expresen de la misma manera la plena identidad
divina de Jesús. Y Bart Ehrman, desde una postura todavía más crítica, ha insistido
en que Jesús no era —cito la idea en español— “definitivamente no ‘igual’ a
Dios” (Ehrman, 2014, p. 138).
No hace falta fingir que esas objeciones no existen.
Existen. Y, de hecho, obligan a leer con más cuidado. Pero también hay que
decir algo con franqueza: el caso a favor de la deidad del Hijo no descansa en
un solo texto oscuro, ni en una sola escuela teológica dentro del Nuevo
Testamento. Descansa en una convergencia amplia y persistente. Juan 1 presenta
al Verbo que era Dios y se hizo carne. Juan 5 exige que el Hijo sea honrado
como el Padre. Juan 14–17 muestra la mutua interioridad entre el Padre y el Hijo
y la promesa del Espíritu. Filipenses 2 aplica a Jesús el lenguaje de Isaías
45. Hebreos 1 llama al Hijo resplandor de la gloria de Dios e imagen misma de
Su sustancia. 1 Corintios 8:6 reformula la confesión monoteísta incluyendo a
Jesucristo. Apocalipsis 5 muestra al Cordero recibiendo adoración junto con el
que está sentado en el trono. Y, además, las fórmulas bautismales, litúrgicas y
soteriológicas de la iglesia apostólica repiten una y otra vez el patrón
Padre-Hijo-Espíritu.
Richard Bauckham ayuda mucho aquí, porque al estudiar
Apocalipsis muestra que el Cordero “comparte la gloria debida a Dios”
(Bauckham, 1993, p. 61). Eso impide leer la adoración a Jesús como si fuera un
simple homenaje delegado, casi administrativo. No. En el marco del monoteísmo
judío, la inclusión del Cordero dentro de la gloria y la adoración divinas es
un movimiento enorme. Y es canónicamente coherente con lo que ya habíamos visto
en Juan, Pablo y Hebreos.
Dicho de manera sencilla: la fe cristiana no afirma
tres dioses. Tampoco afirma que Jesús sea el Padre, ni que el Espíritu sea
simplemente otro nombre del Hijo. Afirma que el único Dios se ha dado a conocer
de tal manera que el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu es Dios; y
que, sin embargo, el Padre no es el Hijo, ni el Hijo es el Espíritu, ni el
Espíritu es el Padre. Si esto suena difícil, bueno… en parte lo es. Pero la
dificultad no viene de que la iglesia haya querido complicar a Dios; viene de
que el testimonio bíblico empuja en esa dirección y no nos deja reducirlo sin
pérdida.
Y eso tiene consecuencias muy concretas. La salvación
no consiste en que una criatura muy elevada nos acerque un poco más a Dios.
Consiste en que Dios mismo ha actuado para salvar: el Padre envía, el Hijo
obedece y se entrega, y el Espíritu aplica, santifica y comunica esa obra a los
creyentes. Por eso la vida cristiana no es solamente imitación moral ni
adhesión doctrinal. Es participación en la vida del Dios vivo tal como Él se ha
revelado.
Así termina este capítulo. No con una fórmula fría,
sino con una convicción: conocer a Jesús no aleja del único Dios; conduce a Él.
Honrar al Hijo no compite con la gloria del Padre; la manifiesta. Recibir al
Espíritu no desplaza a Cristo; hace efectiva Su presencia. Y precisamente por
eso, cuando en el capítulo siguiente entremos en la cruz y la resurrección del
Señor, no estaremos cambiando de tema. Estaremos viendo cómo este Dios —Padre,
Hijo y Espíritu— actúa en el centro mismo del evangelio.
Bibliografía
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