Capítulo nueve: La cruz y la resurrección del Señor
La
necesidad de la cruz
Cuando uno llega al tema de la cruz, la tentación es
empezar de una vez con el sufrimiento de Jesús, con los clavos, con la sangre,
con el madero. Y sí, todo eso importa muchísimo. Pero si empezamos ahí,
demasiado pronto, corremos el riesgo de no entender por qué la cruz era
necesaria.
Porque la cruz no apareció para decorar el
cristianismo. Tampoco fue la forma dramática de terminar una historia bonita.
La cruz fue necesaria porque el problema humano es mucho más grave de lo que
solemos admitir.
Nosotros, con mucha facilidad, rebajamos el pecado. Lo
llamamos error, falla, debilidad, mala racha, trauma, impulsividad, inmadurez…
cualquier cosa menos lo que la Biblia dice que es. Y cuando el pecado se
rebaja, la cruz empieza a parecer exagerada. Uno casi termina pensando: “¿De
veras era necesario tanto?”. Pues bien… la Biblia responde que sí. Y responde
así porque el pecado no es solo una herida emocional ni una torpeza moral. Es
rebelión contra Dios. Es ruptura con Él. Es culpa verdadera delante del Dios
santo.
Desde el principio, la Escritura sitúa el problema ahí.
En el huerto del Edén, Dios no creó al hombre para la culpa, la vergüenza y la
muerte. Lo puso en un mundo bueno, bajo Su palabra buena. Pero también le habló
con claridad. Había un límite real, un mandato real, y por tanto una
responsabilidad real.
“Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol
del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no
comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”.
(Gn 2:16–17, Reina-Valera 1960)
Ese aviso no era una amenaza caprichosa. Era la
declaración de un orden moral verdadero. Dios es santo, y el hombre no fue
creado para decidir por sí mismo lo bueno y lo malo al margen de Su Creador.
Pero en Génesis 3 ocurre la fractura. El ser humano desconfía de la palabra de
Dios, toma para sí lo que le fue prohibido, y en ese acto entra algo espantoso:
la desobediencia que trae muerte.
Y el efecto se ve de inmediato. Antes había
transparencia; ahora hay vergüenza. Antes había comunión; ahora hay escondite.
Antes había libertad delante de Dios; ahora hay miedo. La escena es casi
dolorosa de imaginar: el hombre y la mujer ocultándose entre los árboles, como
si uno pudiera esconderse de Aquel que lo hizo.
“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el
huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia
de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y
le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí Tu voz en el huerto, y tuve miedo,
porque estaba desnudo; y me escondí”.
(Gn 3:8–10, Reina-Valera 1960)
Ahí está el mundo humano en miniatura. Vergüenza,
miedo, evasión, excusas. Eso no es solo la historia de Adán. Es la nuestra.
Pecamos… y luego nos tapamos. Nos justificamos. Le echamos la culpa a otro, a
la cultura, al pasado, al cansancio, al sistema, al momento. Lo que casi nunca
hacemos de forma natural es caer rendidos delante de Dios y decir: “Sí, Señor,
el problema está en mí”.
Por eso el Salmo 51 es tan importante. David no niega
su pecado, no lo maquilla y no lo diluye en categorías cómodas. Va a la raíz.
Entiende que el pecado, aunque dañe a muchas personas, es en su centro una
ofensa contra Dios.
“Contra Ti, contra Ti solo he
pecado,
Y he hecho lo malo delante de Tus ojos;
Para que seas reconocido justo en Tu palabra,
Y tenido por puro en Tu juicio.
Crea en mí, oh Dios, un
corazón limpio,
Y renueva un espíritu recto dentro de mí.
No me eches de delante de Ti,
Y no quites de mí Tu santo Espíritu.
Vuélveme el gozo de Tu salvación,
Y espíritu noble me sustente”.
(Sal 51:4,
10–12, Reina-Valera 1960)
Eso es importante decirlo despacio, porque aquí mucha
gente se pierde. El pecado no es grave solamente porque arruina familias,
destruye la confianza o desordena la sociedad –que sí lo hace–. Es grave, sobre
todo, porque es pecado contra Dios. Contra el Dios que nos hizo. Contra el Dios
que habla verdad. Contra el Dios que es puro en Su juicio. El centro del
problema humano no es que estamos un poco descompuestos. El centro es que
estamos moralmente torcidos delante de Él.
Y eso explica otra cosa: el problema no es solo
externo. Jesús mismo lo dijo con una claridad que corta. Él no culpó primero a
las estructuras, ni a la presión social, ni al ambiente, aunque esas cosas
influyen. Fue más hondo. Dijo que lo que contamina al hombre sale de dentro,
del corazón (Mr 7:20–23). O sea, la fuente está adentro. El mal no solo nos
rodea; también brota de nosotros.
Eso duele… pero es necesario verlo. Porque mientras uno
crea que el problema está solo afuera, nunca entenderá la necesidad de la cruz.
Si el mal está solo en “ellos”, entonces uno no necesita redención; a lo sumo,
necesita mejores circunstancias. Pero si el mal también está en mí, si mi
corazón está implicado, entonces ya no necesito solo ayuda. Necesito ser
reconciliado con Dios.
Isaías lo dice de una manera directa, sin vueltas. El
obstáculo no está en que Dios no pueda salvar, ni en que Él se haya quedado
corto de poder o de compasión. El obstáculo está en nuestras iniquidades, que
han hecho división entre nosotros y nuestro Dios (Is 59:1–2). Ese es el punto.
El pecado separa. El pecado rompe la comunión. El pecado pone al ser humano en
una condición de culpa real.
Y aquí entra Levítico 16, que a algunos lectores
modernos les resulta raro, lejano, incluso incómodo. Sangre, macho cabrío,
confesión de culpas, expiación… parece un mundo extraño. Pero si uno lo mira
con cuidado, empieza a entender que Dios ya estaba enseñando, en figuras, algo
que nosotros necesitamos desesperadamente comprender: la culpa no desaparece
fingiendo que no existe. La culpa exige expiación. La culpa tiene un peso. La
culpa debe ser tratada delante de Dios.
En el día de la expiación, Aarón confesaba sobre el
macho cabrío las iniquidades del pueblo, y el texto dice que aquel animal
llevaría sobre sí todas esas iniquidades a tierra inhabitada (Lv 16:21–22). La
escena es fuerte. Muy fuerte. Pero precisamente por eso enseña. El pecado no es
liviano. No se resuelve con una charla motivacional ni con una promesa de “voy
a tratar de mejorar”. La culpa necesita ser removida, y Dios mismo proveyó en
Israel una gramática sacrificial para enseñar esa verdad.
Claro, aquellos sacrificios no eran la solución final.
Eran una pedagogía santa. Señalaban hacia adelante. Preparaban el terreno. Le
enseñaban al pueblo que acercarse a Dios siendo culpable no es una cosa simple.
Algo tiene que pasar con el pecado. Algo debe hacerse con la culpa. No basta
con sentir remordimiento.
Cuando llegamos al Nuevo Testamento, Pablo recoge todo
eso y lo pone con una claridad tremenda en Romanos. Él no halaga al ser humano.
No divide la humanidad entre los muy malos y los medio aceptables. Dice que
tanto judíos como gentiles están bajo pecado (Ro 3:9–12). Y luego resume la
condición humana con una frase que sigue siendo demoledora:
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la
gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por Su gracia, mediante la
redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio
de la fe en Su sangre, para manifestar Su justicia, a causa de haber pasado por
alto, en Su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este
tiempo Su justicia, a fin de que Él sea el justo, y el que justifica al que es
de la fe de Jesús”.
(Ro 3:23–26, Reina-Valera 1960)
Ese texto no solo dice que todos pecaron. Dice algo
más: que todos están destituidos de la gloria de Dios. Es decir, el ser humano
no está simplemente un poco averiado. Está por debajo del propósito para el
cual fue hecho. Ha perdido la rectitud, la comunión, la dignidad obediente que
debía tener delante de Su Creador. Y, sin embargo, ese mismo texto empieza ya a
abrir la puerta a la respuesta de Dios: la justificación, la redención, la
propiciación en Cristo Jesús.
Pero antes de correr hacia esa respuesta –que es
gloriosa– hay que dejar que el diagnóstico haga su trabajo. Pablo insiste en
Romanos 5 en que el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la
muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron (Ro
5:12). O sea, la muerte no es un accidente natural desconectado de la historia
moral del hombre. En la visión bíblica, la muerte reina porque el pecado entró.
El cementerio, dicho crudamente, también habla teología.
Y aquí está una de las verdades más difíciles, pero más
necesarias, de esta primera sección: si Dios es santo de verdad, entonces Él no
puede tratar el pecado como una trivialidad. No puede sonreírle al mal. No
puede simplemente declararlo irrelevante. No sería santo. No sería justo. La
cruz solo se entiende cuando uno entiende primero eso: que Dios, precisamente
por ser quien es, toma el pecado con una seriedad absoluta.
Sin embargo, y esto hay que decirlo con mucho cuidado,
esa seriedad no significa que Dios sea solo ira desnuda, como si en Él no
hubiera amor. Sería un error espantoso pensarlo así. J. I. Packer advirtió que
cualquier explicación de la cruz que no la presente también como una
“revelación del amor redentor” queda condenada por sí misma (traducción propia
de Packer, 1974, p. 33). Y tiene razón. Si solo hablamos de la ira de Dios,
deformamos el evangelio. Pero si solo hablamos del amor de Dios y callamos Su
santidad y Su justicia, también lo deformamos.
Por eso esta sección debe terminar donde debe: no
todavía en la cruz misma, sino en la necesidad de la cruz. El hombre está bajo
pecado, bajo culpa y bajo muerte. El problema no es superficial. No es un
simple desajuste emocional ni una falla de entorno. Es una condición moral y
espiritual delante del Dios santo. Y si eso es verdad –y la Escritura insiste
en que lo es– entonces la pregunta ya no es si la cruz fue excesiva. La
pregunta correcta es otra: ¿qué clase de amor es este, que estuvo dispuesto a responder
a una ruina tan profunda sin negar ni la santidad de Dios ni la gravedad de
nuestro pecado?
Esa es justamente la puerta de entrada a lo que sigue.
Porque cuando uno ya entendió el problema, empieza a entender por qué Jesús no
murió como un mártir más, ni como víctima de un malentendido histórico, sino
como el Cordero entregado.
El
Cordero entregado
Si en la primera parte del capítulo quedó claro que el
ser humano está bajo pecado, culpa y muerte, entonces ahora surge la pregunta
decisiva: ¿qué hizo Dios frente a una ruina así? Y la respuesta del evangelio
no es que Dios simplemente bajó el estándar, miró para otro lado, o decidió que
el pecado no era tan grave después de todo. No. Dios respondió de una manera
mucho más profunda, más costosa y más santa. Respondió entregando a Jesús.
Y aquí hay que decir algo desde el inicio, para no
perdernos. La muerte de Jesús no fue solo un crimen humano, aunque sí lo fue.
No fue solo una injusticia política, aunque claramente hubo injusticia. No fue
solo el final triste de un profeta bueno. La cruz fue, al mismo tiempo, el
punto donde la maldad humana llegó a un extremo espantoso y el punto donde Dios
llevó adelante Su propósito redentor. Eso es lo que hace que la cruz sea tan
sobrecogedora. En ella se ve el horror del pecado… y también la grandeza del
amor santo de Dios.
Por eso el Nuevo Testamento no habla de la muerte de
Jesús como si fuera una tragedia cualquiera. La interpreta. Le pone nombre. La
llama rescate, sangre del pacto, ofrenda, carga de pecados, maldición llevada
por otros. Y uno no puede entender ese lenguaje si no escucha primero el eco
del Antiguo Testamento.
Piense, por ejemplo, en la Pascua. Israel estaba bajo
una amenaza real de juicio en Egipto, y Dios no les dijo simplemente: “No se
preocupen, Yo entiendo sus buenas intenciones”. Les mandó tomar un cordero y
poner su sangre en los postes de las casas. La señal no era sentimental. Era
objetiva. La sangre marcaba una protección provista por Dios mismo.
“Pues Yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto,
y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de
las bestias; y ejecutaré Mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová.
Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la
sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando
hiera la tierra de Egipto”.
(Ex 12:12–13, Reina-Valera 1960)
Ese pasaje ya deja ver una lógica que luego el
evangelio llevará a su plenitud. La sangre del cordero no era un adorno
religioso. Tenía que ver con librar del juicio. Cuando Juan el Bautista ve a
Jesús y dice: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”
(Jn 1:29), no está usando una metáfora bonita. Está diciendo algo enorme: que
en Jesús Dios ha provisto por fin al verdadero Cordero. El definitivo. Aquel
cuya muerte trata de verdad con el pecado.
Ahora bien, si uno se queda solo con la imagen del
cordero, puede pensar que la cruz fue solo un símbolo tierno de inocencia. Pero
la Biblia va más lejos. Isaías 53 muestra que el Siervo de Jehová no solo
sufre; sufre por otros. No muere solo como un ejemplo de paciencia. Carga algo
que no era Suyo.
“Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió
nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y
abatido. Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros
pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por Su llaga fuimos nosotros
curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por
Su camino; mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros”.
(Is 53:4–6, Reina-Valera 1960)
Ese texto es central. Aquí no estamos ante un hombre
culpable pagando por Sus propios crímenes. Estamos ante el Siervo inocente
llevando pecados ajenos. Ahí está la idea de sustitución. Y sí, sé que esa
palabra a veces suena fría o técnica. Pero en el fondo apunta a algo muy humano
y muy profundo: alguien está ocupando el lugar de otros. Alguien está cargando
lo que correspondía a otros. Alguien está recibiendo sobre Sí lo que no le
pertenecía, para que otros reciban lo que no merecían.
Eso explica por qué Jesús mismo habló de Su muerte con
propósito. Él no se presentó como alguien atrapado por un destino trágico. En
Marcos 10:45 dijo que el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para
servir, y para dar Su vida en rescate por muchos. “Rescate” es una palabra
fuerte. Supone esclavitud, deuda, cautiverio, pérdida… y una liberación
costosa. No es el lenguaje de un accidente. Es el lenguaje de una entrega
consciente.
Y poco antes de ir a la cruz, al hablar de la copa,
Jesús dijo:
“Esto es Mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es
derramada”.
(Mr 14:24, Reina-Valera 1960)
Otra vez, no es lenguaje de casualidad. Es lenguaje de
pacto. Es lenguaje de sacrificio. Es lenguaje de una muerte que sella algo
nuevo entre Dios y Su pueblo. La sangre derramada de Jesús no está ahí solo
para conmovernos. Está ahí para reconciliarnos.
En este punto conviene hacer una pausa, porque aquí se
cometen dos errores opuestos. El primero es presentar a Dios como si fuera
solamente ira ciega, como si la cruz mostrara a un Padre cruel descargándose
sobre un tercero ajeno. Eso sería una caricatura. El segundo error es presentar
la cruz solo como un gesto de amor sentimental, sin juicio real del pecado,
como si Dios simplemente dijera: “Todo está bien, no pasa nada”. Tampoco. La
cruz no permite ninguno de esos extremos. J. I. Packer insistió en que la cruz
debe entenderse como una “revelación del amor redentor” (Packer, 1974, p. 33,
traducción propia). Y justamente por eso tampoco puede separarse de la justicia
santa de Dios. El amor que salva en la cruz no es un amor blandito, que tolera
el mal. Es un amor santo, que salva enfrentando el pecado de verdad.
Romanos 3 lo dice con una precisión admirable. Pablo no
presenta la obra de Cristo como una salida improvisada, sino como el modo en
que Dios sigue siendo justo al mismo tiempo que justifica al pecador que cree
en Jesús.
“Siendo justificados gratuitamente por Su gracia,
mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como
propiciación por medio de la fe en Su sangre, para manifestar Su justicia, a
causa de haber pasado por alto, en Su paciencia, los pecados pasados, con la
mira de manifestar en este tiempo Su justicia, a fin de que Él sea el justo, y
el que justifica al que es de la fe de Jesús”.
(Ro 3:24–26, Reina-Valera 1960)
Aquí hay que caminar despacio. Dios no deja de ser
justo para poder perdonar. Ni perdona a costa de Su santidad. Precisamente en
la sangre de Cristo, Él manifiesta Su justicia. Es decir, el perdón cristiano
no es barato. No es una amnistía moral sin fundamento. El pecado es tratado. La
culpa es enfrentada. El juicio no se evapora; cae. Y cae sobre Cristo.
Por eso Pablo puede decir en otro lugar una frase que,
si uno la oye bien, le deja a uno un nudo en la garganta:
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado,
para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”.
(2 Co 5:21, Reina-Valera 1960)
Jesús no conoció pecado. No era culpable. No merecía
juicio. Y, sin embargo, fue hecho pecado “por nosotros”. No en el sentido de
que se volvió pecador en Su ser, sino en el sentido de que asumió judicialmente
nuestra causa, nuestra carga, nuestra condena. Eso es sustitución
representativa. Él entra donde nosotros debíamos entrar. Él carga lo que
nosotros debíamos cargar.
Y todavía hay más. La cruz no solo debe entenderse en
términos de sacrificio, sino también en términos de maldición. Deuteronomio
decía que el colgado en un madero era maldito por Dios (Dt 21:22–23). Pablo
toma esa línea y la aplica a Cristo de una manera estremecedora:
“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho
por nosotros maldición; porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en
un madero”.
(Gá 3:13, Reina-Valera 1960)
Aquí la cruz aparece en toda Su dureza. Jesús no solo
murió. Murió de la forma más vergonzosa. Fue expuesto públicamente, humillado,
tratado como maldito. El Salmo 22 ya había dado palabras para esa clase de
sufrimiento del justo: burla, desprecio, violencia, sensación de abandono. La
cruz, entonces, no fue una muerte “limpia” ni honorable a los ojos del mundo.
Fue una muerte ignominiosa. Y precisamente ahí está una parte del escándalo del
evangelio: que el Santo de Dios aceptó entrar en la vergüenza, en la
exposición, en la maldición, para redimir a quienes estaban realmente bajo
ella.
Pedro lo resume con una sencillez impresionante. No
discute el asunto como un filósofo; lo dice como pastor, pero sin perder
profundidad:
“Quien llevó Él mismo nuestros pecados en Su cuerpo
sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la
justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”.
(1 P 2:24, Reina-Valera 1960)
Fíjese en lo concreto de la frase: “en Su cuerpo”. La
redención cristiana no ocurre en una nube de ideas. Ocurre en la carne herida
del Hijo. La salvación no fue conseguida por un concepto, sino por una entrega
real. Por eso Hebreos dice que Cristo entró no con sangre ajena, sino con Su
propia sangre, habiendo obtenido eterna redención (He 9:11–28). Todo el antiguo
sistema sacrificial apuntaba hacia Él, pero no podía reemplazarlo. Los
sacrificios repetidos enseñaban. Cristo, en cambio, cumple.
Y aquí conviene decir una cosa más, para que la sección
quede bien orientada. La cruz no puede ser separada de la resurrección, como si
una fuera el fracaso y la otra el arreglo posterior. Carl F. H. Henry subraya
que la identidad salvadora de Jesús fue “confirmada decisivamente por la
resurrección del Crucificado” (Henry, 1992, p. 129, traducción propia). Esa
frase es importante. No habla de la resurrección de cualquiera, sino del
Crucificado. Del mismo Jesús que fue entregado, herido y colgado en el madero.
Es ese Jesús –y no otro– el que será vindicado por Dios. De modo que la cruz no
queda sola, como un símbolo trágico congelado en el tiempo. Forma parte de una
sola obra redentora que todavía no hemos terminado de contemplar en este
capítulo.
Pero no hay que correr demasiado. Aquí, en esta segunda
sección, lo que debía quedar claro es esto: Jesús murió como el Cordero
entregado por Dios. Su muerte no fue un mero accidente político ni solo el
colapso de un proyecto humano. Fue juicio real sobre el pecado, sustitución
real a favor de pecadores, y expresión real del amor santo de Dios. En la cruz,
Dios no negó Su justicia para poder amarnos; ni negó Su amor para poder ser
justo. Hizo brillar ambas cosas a la vez.
Y eso, dicho con toda sencillez, cambia la manera de
mirar el madero. Ya no vemos solo un instrumento romano de tortura. Vemos el
lugar donde el pecado fue tomado con toda Su gravedad, y donde el amor de Dios
descendió hasta lo más hondo para salvar. Vemos al Cordero. Vemos al Siervo.
Vemos al Santo cargando lo ajeno. Vemos al Hijo entregado.
Y justamente por eso, la siguiente pregunta ya no es si
Su muerte tuvo sentido. La pregunta ahora es otra: ¿murió de verdad? ¿Fue
realmente sepultado? Porque si el Cordero fue entregado de esta manera,
entonces Su muerte no puede quedar en una idea vaga. Debe quedar establecida
como un hecho real, histórico, corporal.
El
Crucificado verdaderamente muerto y sepultado
Si en la sección anterior vimos que Jesús no murió como
una víctima cualquiera, sino como el Cordero entregado por Dios, ahora hace
falta dar un paso más. Uno decisivo. Porque una cosa es afirmar que Su muerte
tuvo sentido redentor, y otra muy distinta es dejar claro que Él murió de
verdad. De verdad. No en apariencia. No a medias. No solo en el sentir de Sus
discípulos.
Y aquí conviene ser muy sobrio. A veces, por querer
llegar rápido a la resurrección, los cristianos pasamos casi corriendo por la
sepultura, como si fuera un detalle de transición. Pero no lo es. La sepultura
de Jesús importa porque confirma que la muerte fue real. Y si la muerte no fue
real, entonces la resurrección pierde su fuerza. Sería otra cosa… una metáfora,
una impresión subjetiva, una manera poética de decir que Su causa siguió viva.
Pero el evangelio no habla así. El evangelio insiste en que el Crucificado fue
realmente muerto y realmente sepultado.
Eso ya estaba insinuado, de manera sorprendente, en
Isaías. Al hablar del Siervo sufriente, el profeta no solo anuncia Su dolor y
Su inocencia; también menciona Su sepultura. No es un detalle menor. Es como si
el texto quisiera dejar claro, de antemano, que el Siervo no solo sería
rechazado y herido, sino que llegaría hasta el final del camino de la muerte.
“Y se dispuso con los impíos Su sepultura, mas con los
ricos fue en Su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en Su boca”.
(Is 53:9, Reina-Valera 1960)
La frase es impresionante. El Siervo muere, y luego es
sepultado. No queda suspendido en una especie de niebla religiosa. No se
desvanece. No “trasciende” de una manera vaga. Muere, y Su cuerpo entra en la
esfera de los muertos. Esa realidad le da peso a todo lo que sigue.
Algo parecido ocurre con el Salmo 16. Allí aparece una
esperanza que más adelante los apóstoles usarán para hablar de Jesús: que Dios
no dejaría a Su santo en el Seol ni permitiría que viera corrupción. Pero note
bien el punto: para que esa esperanza tenga sentido, primero debe haber muerte
real. Primero hay descenso a la tumba. Primero hay sepultura. Solo después
viene la vindicación. El salmo no elimina la muerte; anuncia que Dios no dejará
que ella tenga la última palabra.
“Porque no dejarás Mi alma en el Seol,
Ni permitirás que Tu santo vea corrupción”.
(Sal 16:10, Reina-Valera 1960)
Eso sirve como bisagra. La esperanza de resurrección no
flota en el aire. Pasa por la tumba. Y esa idea, que a veces se nos escapa, es
central para esta sección.
Los evangelios, de hecho, son muy concretos al narrar
la sepultura de Jesús. No hablan en generalidades. Dan nombres, lugares,
acciones, testigos. Marcos cuenta que, llegada ya la tarde, José de Arimatea
pidió el cuerpo de Jesús a Pilato. El detalle importa muchísimo, porque un
cuerpo pedido, entregado y colocado en un sepulcro no es una imagen mística,
sino un hecho físico, verificable en el mundo real.
“José de Arimatea, miembro noble del concilio, que
también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el
cuerpo de Jesús. Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo
venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. E informado por el
centurión, dio el cuerpo a José, el cual compró una sábana, y quitándolo, lo
envolvió en la sábana, y lo puso en un sepulcro que estaba cavado en una peña,
e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. Y María Magdalena y María madre
de José miraban dónde lo ponían”.
(Mr 15:43–47, Reina-Valera 1960)
Marcos no deja cabos sueltos. Pilato verifica la
muerte. El centurión la confirma. José recibe el cuerpo. Lo envuelve. Lo
deposita. Las mujeres observan el lugar. Todo esto suena, precisamente, a lo
que suena cuando alguien ha muerto de verdad y sus cercanos saben dónde ha sido
enterrado. Así de simple. Así de sobrio.
Mateo añade todavía más fuerza al cuadro, porque
menciona el sepulcro nuevo, la gran piedra, el sello y la guardia. Eso no
convierte la historia en una especie de reporte policial moderno –sería forzar
el texto–, pero sí muestra que la tradición cristiana no imaginó una muerte
vaporosa ni una tumba indefinida.
“Tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana
limpia, y lo puso en Su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después
de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue. Y estaban
allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro.
Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro,
sellando la piedra y poniendo la guardia”.
(Mt 27:59–61,
66, Reina-Valera 1960)
Juan, por su parte, agrega detalles que vuelven la
escena todavía más material. José de Arimatea no actúa solo; aparece Nicodemo,
llevando una mezcla de mirra y áloes. El cuerpo es preparado conforme a la
costumbre judía. Es decir, el evangelio no presenta una “idea” de entierro,
sino un entierro real, con cuerpo, lienzos, aromas y un lugar concreto.
“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en
lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.
Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un
sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí, pues, por
causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro
estaba cerca, pusieron a Jesús”.
(Jn 19:40–42, Reina-Valera 1960)
Todo esto importa más de lo que a veces creemos. Porque
la fe cristiana no dice simplemente que “Jesús vive en nuestros corazones”,
como si eso agotara el asunto. Dice algo mucho más fuerte: que Aquel que fue
clavado, bajado de la cruz, entregado a José, envuelto en lienzos y puesto en
un sepulcro, fue luego levantado por Dios. La resurrección cristiana no es la
supervivencia simbólica de un legado. Es la vindicación del Crucificado, del
mismo que estuvo muerto y sepultado.
Por eso Pablo, al resumir el evangelio que él recibió y
anunció, incluye la sepultura como parte del corazón del mensaje. No la trata
como un detalle narrativo secundario.
“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo
recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que
fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”.
(1 Co 15:3–4, Reina-Valera 1960)
Eso es clave. Pablo no dice solamente: murió y
resucitó. Dice: murió, fue sepultado y resucitó. La sepultura está en medio
porque cumple una función. Sella la realidad de la muerte y prepara la
afirmación de la resurrección. Es como si el evangelio mismo se negara a
permitir lecturas confusas. No, Jesús no “casi murió”. No, Jesús no tuvo solo
una experiencia límite. No, Jesús no fue simplemente retirado de la escena.
Murió. Fue sepultado.
Aquí hay una lección importante para el lector actual.
Nosotros solemos movernos entre dos errores. Uno es el ingenuo, que repite
“Jesús resucitó” sin detenerse a pensar qué está afirmando realmente. El otro
es el reductor, que convierte todo en símbolo y termina vaciando el
acontecimiento. Dale C. Allison Jr. lo expresa bien cuando dice que la
afirmación “Dios levantó a Jesús de entre los muertos” no es “una declaración
desnuda de experiencia, sino una afirmación teológica” (Allison, 2021, p. 36,
traducción propia). Eso está muy bien dicho. La resurrección, tal como la
confiesa la iglesia, no es una crónica neutral. Es una interpretación teológica
de hechos reales. Pero precisamente por eso no puede desligarse de esos hechos.
No nace de la nada. Nace de la muerte, de la tumba, del testimonio apostólico,
de la convicción de que Dios actuó en la historia.
Eso obliga a escribir con equilibrio. Ni positivismo
simplón ni niebla religiosa. Ni una frialdad que pretenda reducir el evangelio
a datos sueltos, ni una espiritualización que lo convierta en puro símbolo. El
evangelio cristiano habla de hechos interpretados a la luz de las Escrituras y
de la acción de Dios.
En esa misma línea, N. T. Wright insiste en que, frente
al surgimiento del cristianismo primitivo, todas las demás explicaciones
alternativas resultan “mucho menos convincentes como explicaciones históricas”
(Wright, 2002/2016, conclusión, traducción propia). Conviene usar esa
observación con prudencia. Esta no es todavía la sección para una discusión
historiográfica amplia; eso vendrá después. Pero sí ayuda a recordar algo muy
básico: la secuencia muerte-sepultura-apariciones no parece un adorno tardío
inventado para embellecer la fe. Pertenece al núcleo de cómo los primeros
cristianos entendieron lo que Dios había hecho en Jesús.
Y todavía hay un matiz más. La sepultura también
subraya la humillación completa del Hijo. El que había sido rechazado,
entregado, azotado y crucificado, ahora entra en el silencio del sepulcro. Ya
no hay voces de la multitud. Ya no hay acusaciones del concilio. Ya no hay
burlas al pie de la cruz. Hay quietud. Piedra. Oscuridad. Cuerpo envuelto. Eso
hace aún más fuerte lo que vendrá después. Porque la gloria de la resurrección
no será la corrección de una apariencia de muerte, sino la irrupción de la vida
de Dios en el lugar donde la muerte había hecho su obra real.
En un sentido secundario, Jonás puede funcionar aquí
como una imagen de descenso y salida. Tres días en el vientre del gran pez, en
una condición que parece de encierro irreversible, y luego una liberación que
viene de Dios. Pero hay que decirlo con claridad: eso es solo un eco
tipológico, no la base principal. La base principal sigue siendo ésta: Jesús
murió y fue sepultado realmente.
Y eso prepara el terreno de una manera precisa. Porque
ahora la pregunta ya no es si la tumba existió, ni si el cuerpo fue puesto
allí. La pregunta es qué hizo Dios con ese Crucificado sepultado. ¿Lo dejó en
el poder de la muerte? ¿Permitió que la corrupción sellara el destino final del
Hijo? ¿Ratificó el veredicto humano que lo condenó? O, por el contrario,
¿intervino para vindicarlo?
Ahí es exactamente donde debe entrar la siguiente
sección. Porque el evangelio no termina en el sepulcro. Pero tampoco llega a la
resurrección saltándose la tumba. Llega pasando por ella. Y solo así la
victoria de Dios brilla con toda Su fuerza: no como una idea bonita, sino como
la respuesta divina a una muerte real
Dios
lo levantó: resurrección, vindicación y victoria
Si la sección anterior terminó en el sepulcro, entonces
ahora llegamos al gran giro del evangelio. No un giro inventado para cerrar
bien la historia, sino el giro que lo cambia todo. La pregunta quedó planteada
con toda seriedad: ¿qué hizo Dios con el Crucificado? ¿Lo dejó en manos de la
muerte? ¿Permitió que el veredicto humano fuera el definitivo? ¿Aceptó en
silencio que el Santo terminara bajo el poder del sepulcro?
La respuesta del Nuevo Testamento es clara, directa,
insistente: Dios lo levantó.
Y conviene detenerse ahí, porque a veces oímos tanto
esa frase que ya no nos sacude. “Dios lo levantó.” Pero eso significa algo
enorme. Significa que la muerte no tuvo la última palabra. Significa que el
juicio humano no fue el veredicto final. Significa que la cruz no terminó en
derrota. Significa que Dios mismo intervino para vindicar a Jesús.
Eso es lo primero que hay que entender sobre la
resurrección: no es solo que Jesús volvió a vivir. Es que el Padre declaró
públicamente que el Crucificado era, precisamente, Su Hijo, Su Siervo justo, Su
Ungido. La resurrección es la respuesta de Dios al rechazo del mundo.
Por eso los apóstoles, cuando predican, no hablan de la
resurrección como una experiencia privada de consuelo. La presentan como un
acto poderoso y objetivo de Dios. En Pentecostés, Pedro no dice simplemente que
los discípulos “sintieron” que Jesús seguía con ellos. Dice algo mucho más
fuerte:
“Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús
nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios
y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de Él, como vosotros mismos
sabéis; a Éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento
de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual
Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que
fuese retenido por ella”.
(Hch 2:22–24, Reina-Valera 1960)
Esa última expresión es tremenda: “era imposible que
fuese retenido por ella”. No porque la muerte no hubiera sido real –ya vimos
que sí lo fue–, sino porque la muerte no podía reclamar como presa definitiva
al Justo de Dios. No podía encerrar para siempre al Hijo obediente. No podía
imponer un triunfo permanente sobre Aquel que había cargado el pecado sin ser
pecador.
Pedro, además, interpreta la resurrección a la luz del
Salmo 16. O sea, no presenta el acontecimiento como algo aislado, sino como el
cumplimiento de una expectativa ya sembrada en las Escrituras.
“Porque David dice de Él:
Veía al Señor siempre delante de mí;
Porque está a Mi diestra, no seré conmovido.
Por lo cual Mi corazón se alegró, y se gozó Mi lengua,
Y aun Mi carne descansará en esperanza;
Porque no dejarás Mi alma en el Hades,
Ni permitirás que Tu Santo vea corrupción.
Me hiciste conocer los caminos de la vida;
Me llenarás de gozo con Tu presencia”.
(Hch 2:25–28, Reina-Valera 1960)
La idea es muy clara. Jesús sí entró en la muerte, sí
fue sepultado, pero no fue abandonado a ella. El Padre no dejó que la
corrupción sellara Su destino. Lo levantó. Y al levantarlo, dejó en evidencia
que la cruz no fue el triunfo del mal, sino el camino por el cual Él mismo
estaba venciendo.
Eso ayuda a corregir un error bastante común. Mucha
gente piensa en la resurrección como una especie de “final feliz” después de la
tragedia. Como si la cruz hubiera sido el desastre y la resurrección el
arreglo. Pero el Nuevo Testamento no habla así. La cruz y la resurrección son
una sola obra redentora. No compiten entre sí. No se corrigen mutuamente. Se
interpretan mutuamente. La cruz muestra que Dios toma en serio el pecado; la
resurrección muestra que Dios ha aceptado la obra del Hijo, ha derrotado la muerte
y ha vindicado al Crucificado.
Por eso Pablo puede decir, al comienzo de Romanos, que
Jesús fue declarado Hijo de Dios con poder por la resurrección de entre los
muertos.
“Acerca de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era
del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder,
según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”.
(Ro 1:3–4, Reina-Valera 1960)
Eso no significa que Jesús se convirtiera en Hijo en
ese momento. No. Significa que la resurrección lo manifestó, lo acreditó, lo
vindicó públicamente como tal. El mundo lo había juzgado. Dios lo reivindicó.
Los hombres lo colgaron en un madero. Dios lo levantó y lo exaltó.
Y aquí entra otro punto decisivo: la resurrección no
solo vindica a Jesús; también inaugura Su victoria. No es únicamente una
reversión de la muerte individual de Cristo. Es el comienzo de algo mayor.
Pablo lo explica en 1 Corintios 15 usando la imagen de las primicias. Cristo
resucitado no es una excepción aislada, como si Dios hubiera hecho un milagro
puntual y ya. Es el primero de una nueva cosecha, el comienzo de la derrota
final de la muerte.
“Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos;
primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por
un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así
como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada
uno en Su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en
Su venida”.
(1 Co 15:20–23, Reina-Valera 1960)
Eso cambia el panorama completo. La resurrección de
Jesús no es solo buena noticia para Él. Es buena noticia para todos los que le
pertenecen. Porque si Él es las primicias, entonces Su victoria no termina en
Su propia persona. Se extiende. Se proyecta. Abre futuro. Abre esperanza real
para los Suyos.
Y Pablo remata esa visión con palabras que todavía
suenan como un grito de guerra santa contra el último enemigo:
“Y cuando esto corruptible se haya vestido de
incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se
cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.
¿Dónde está, oh muerte, Tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, Tu victoria?
ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas
gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor
Jesucristo”.
(1 Co 15:54–57, Reina-Valera 1960)
Fíjese en el orden. El aguijón de la muerte es el
pecado. O sea, la muerte domina porque el pecado acusa, condena y esclaviza.
Por eso la victoria de Cristo no puede reducirse a que “sobrevivió” a la
muerte. No. Él venció aquello que daba a la muerte su poder sobre nosotros.
Venció el pecado en su capacidad condenatoria. Desarmó la acusación.
Eso se ve con mucha fuerza en Colosenses. Pablo dice
que Dios nos perdonó todos los pecados, anulando el acta de los decretos que
había contra nosotros, quitándola de en medio y clavándola en la cruz. Y luego
añade que en ese acto despojó a los principados y potestades.
“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la
incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con Él, perdonándoos
todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros,
que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y
despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente,
triunfando sobre ellos en la cruz”.
(Col 2:13–15, Reina-Valera 1960)
Aquí hay una verdad que conviene mirar de frente. El
enemigo no solo tienta; también acusa. No solo empuja al pecado; también usa el
pecado para condenar. Pero si el acta que nos era contraria fue clavada en la
cruz, y si el Crucificado fue resucitado por el Padre, entonces la acusación ya
no tiene la última palabra sobre los que están en Cristo. La resurrección
declara que la obra del Hijo no fracasó. La cuenta fue saldada. El poder
acusador fue desarmado.
Hebreos lo expresa de otro modo, igual de fuerte. Dice
que Jesús participó de carne y sangre para destruir, por medio de la muerte, al
que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a los que por
el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y
sangre, Él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte
al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los
que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a
servidumbre”.
(He 2:14–15, Reina-Valera 1960)
Eso es casi paradójico, y precisamente por eso es
glorioso: Jesús venció la muerte pasando por la muerte. No la evitó. No la
rodeó. Entró en ella… y la quebró desde dentro, por decirlo así. Fue al
territorio del enemigo y salió victorioso. Por eso la resurrección no solo
prueba que Él vive; anuncia que la tiranía de la muerte ha sido herida de
muerte.
Ahora bien, conviene decir esto con claridad para no
simplificar demasiado. La resurrección, en la fe cristiana, no es una mera
observación desnuda, como si alguien hubiera apuntado un dato frío en una
libreta. Dale C. Allison Jr. tiene razón cuando dice que la afirmación “Dios
levantó a Jesús de entre los muertos” no es “una declaración desnuda de
experiencia, sino una afirmación teológica” (Allison, 2021, p. 36, traducción
propia). Y eso no debilita el evangelio; lo obliga a ser más serio. Los apóstoles
no solo dicen que algo pasó. Dicen qué significa lo que pasó. Dicen que Dios
actuó. Dicen que Jesús fue vindicado. Dicen que la muerte fue vencida. Dicen
que la historia tomó un giro irreversible.
Y, sin embargo, esa interpretación teológica no es
fantasía piadosa. Se levanta sobre una convicción apostólica robusta: que la
mejor explicación del surgimiento de la fe cristiana primitiva sigue siendo que
Dios realmente levantó a Jesús. Wright lo formula diciendo que las demás
explicaciones resultan “mucho menos convincentes como explicaciones históricas”
(Wright, 2002/2016, conclusión, traducción propia). No hace falta convertir
esta sección en una larga discusión apologética; ese no es el propósito aquí.
Basta con notar que la resurrección cristiana no nació como una idea flotante,
sino como la proclamación de que Dios hizo algo decisivo con el Crucificado.
Carl F. H. Henry, por su parte, subraya que la
identidad de Jesús y la realidad del perdón quedan “confirmadas decisivamente
por la resurrección del Crucificado” (Henry, 1992, p. 129, traducción propia).
Esa frase merece ser oída despacio. No dice simplemente “por la resurrección de
Jesús”, sino “del Crucificado”. Del que murió por nuestros pecados. Del que fue
colgado. Del que fue sepultado. Ese mismo es el que ahora ha sido vindicado por
el Padre. La resurrección no borra la cruz; la confirma como el camino redentor
aprobado por Dios.
Y eso nos devuelve a la idea principal de esta sección:
la resurrección es vindicación y victoria. Vindicación, porque Dios revoca el
juicio humano sobre Jesús y lo declara públicamente justo, Hijo y Señor.
Victoria, porque en Él comienzan la derrota de la muerte, el quiebre del poder
del pecado y el desarme de la acusación del enemigo.
Por eso Hechos 13 puede decirlo de manera tan sencilla
y tan fuerte a la vez: los habitantes de Jerusalén y sus gobernantes no
reconocieron a Jesús, lo condenaron y pidieron a Pilato que se le matase… “mas
Dios le levantó de los muertos” (Hch 13:27–30). Ese “mas” es uno de los más
gloriosos del Nuevo Testamento. Los hombres lo rechazaron; Dios lo exaltó. Los
hombres lo enterraron; Dios lo levantó. Los hombres pensaron haber cerrado Su
historia; Dios la abrió para siempre.
Y con eso ya estamos casi tocando la puerta de la
última sección. Porque si Dios lo levantó, si el Crucificado ahora vive, si ha
vencido la muerte y ha sido declarado Señor, entonces la pregunta inevitable
es: ¿qué significa eso ahora? ¿Qué cambia hoy para los que creen en Él? ¿Qué
relación hay entre Su victoria y nuestro perdón, nuestra nueva vida, nuestra
esperanza?
Ahí debe entrar el cierre del capítulo. Porque la
resurrección no es solo una victoria para admirar desde lejos. Es una victoria
que empieza a traer sus frutos en el presente.
El
Señor resucitado y su obra presente
Si la sección anterior dejó claro que Dios levantó a
Jesús y lo vindicó públicamente, entonces ahora toca la pregunta que más pesa
sobre la vida real: ¿y eso qué cambia hoy? Porque, seamos francos, uno puede
admirar acontecimientos del pasado sin que nada se mueva de verdad por dentro.
Y el evangelio no fue dado para eso. No fue dado para que uno diga: “Qué
historia más impresionante”, y siga igual. El evangelio anuncia que el
Crucificado resucitado es el Señor presente, y que Su obra no se quedó atrás,
en el siglo primero, sino que sigue actuando ahora con efectos concretos:
perdón, nueva vida y esperanza.
Eso hay que decirlo bien. La resurrección de Jesús no
es solo la confirmación de que Él tenía razón. Tampoco es solamente la victoria
personal del Hijo sobre Su propia muerte. Es el inicio del gobierno salvador
del Resucitado sobre los Suyos. Él vive, sí… pero vive como Señor. Y ese
señorío no es un título decorativo. Es una realidad activa. Perdona. Renueva.
Sostiene. Da esperanza.
De alguna manera, el Antiguo Testamento ya había
preparado esta expectativa. Jeremías anunció un nuevo pacto, no simplemente una
versión mejorada del antiguo, sino una relación renovada en la que Dios
trataría de manera decisiva con el pecado y escribiría Su ley en el corazón de
Su pueblo.
“Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel
después de aquellos días, dice Jehová: Daré Mi ley en Su mente, y la escribiré
en Su corazón; y Yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no
enseñará más ninguno a Su prójimo, ni ninguno a Su hermano, diciendo: Conoce a
Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más
grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más
de Su pecado”.
(Jer 31:33–34, Reina-Valera 1960)
Fíjese en la fuerza de esas palabras. Dios no promete
solo información religiosa nueva. Promete perdón real y transformación
interior. Eso ya nos deja ver que la meta de la redención no era únicamente
resolver un problema legal a la distancia, sino restaurar la comunión entre
Dios y Su pueblo. No se trataba solo de quitar una culpa del expediente; se
trataba también de formar un pueblo renovado desde dentro.
Ezequiel lo dice con imágenes igualmente poderosas.
Dios promete limpiar, dar un corazón nuevo y poner Su Espíritu dentro de Su
pueblo.
“Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis
limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os
limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y
quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y
pondré dentro de vosotros Mi Espíritu, y haré que andéis en Mis estatutos, y
guardéis Mis preceptos, y los pongáis por obra”.
(Ez 36:25–27, Reina-Valera 1960)
Ahí está la dirección entera de la obra de Dios:
limpieza, renovación, Espíritu, obediencia nacida de un corazón transformado.
Es decir, desde mucho antes, las Escrituras ya enseñaban que la salvación no
consistiría solo en “dejar pasar” el pecado, sino en perdonarlo y empezar a
rehacer al pecador.
Por eso, cuando Pedro predica en Hechos 2, no presenta
la resurrección como una curiosidad teológica, ni como un dato interesante para
debatir. La presenta como la entronización del Jesús crucificado, y de esa
entronización saca consecuencias directas para los oyentes.
*“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel,
que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y
Cristo.
Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a
Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?
Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de
vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el
don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros
hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios
llamare”.*
(Hch 2:36–39, Reina-Valera 1960)
Ese texto amarra todo. El Jesús crucificado ha sido
hecho Señor y Cristo. Y precisamente por eso ahora hay llamado al
arrepentimiento, perdón de pecados y don del Espíritu. Note el orden. No es:
“Arrepiéntanse para ver si logran que Dios algún día acepte a Jesús”. No. Dios
ya lo exaltó. Dios ya lo declaró Señor. Y desde ese señorío exaltado fluye
ahora el perdón. La salvación presente brota de un Rey vivo, no del recuerdo de
un mártir.
Eso mismo aparece de nuevo en Hechos 5. Los apóstoles
no dicen simplemente que Jesús fue resucitado para que la historia terminara
bien. Dicen que fue exaltado para dar arrepentimiento y perdón.
“El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien
vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste, Dios ha exaltado con Su
diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de
pecados”.
(Hch 5:30–31, Reina-Valera 1960)
Eso es profundamente importante. El perdón no llega a
nosotros como una idea suelta ni como una posibilidad abstracta. Llega desde el
señorío actual de Cristo. El Resucitado no está inactivo. No está simplemente
“en el cielo” en el sentido de ausencia. Él reina como Príncipe y Salvador, y
desde esa posición otorga lo que nosotros no podíamos producir por nuestra
cuenta: arrepentimiento verdadero y perdón verdadero.
Aquí es donde el evangelio se vuelve peligrosamente
concreto. Porque mucha gente quisiera el perdón sin el Señor. Quisiera alivio
sin rendición. Quisiera la paz de conciencia sin el gobierno de Cristo sobre la
vida. Pero el Nuevo Testamento no separa esas cosas. El Jesús que perdona es el
Jesús que ha sido hecho Señor. El que absuelve es el mismo que gobierna.
Y, sin embargo, Su señorío no aplasta a los Suyos; los
vivifica. Pablo lo explica en Romanos 6. Si Cristo murió y resucitó, y si el
creyente ha sido unido a Él, entonces la vida nueva no es un añadido moral
puesto encima de la vieja persona. Es participación en la muerte y resurrección
de Cristo.
“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados
en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en Su muerte? Porque somos sepultados
juntamente con Él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo
resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos
en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con Él en la semejanza de
Su muerte, así también lo seremos en la de Su resurrección”.
(Ro 6:3–5, Reina-Valera 1960)
Eso no significa que el cristiano ya no luche, ni que
todo quede automáticamente resuelto en la experiencia diaria. Sería falso
decirlo. Pero sí significa que la resurrección de Jesús no solo nos promete
algo para después de morir; empieza a producir algo ahora. “Andar en vida
nueva” no es un eslogan. Es la afirmación de que el dominio del pecado ha sido
quebrado en principio por la unión con Cristo. La vieja tiranía ya no tiene el
mismo derecho sobre el creyente.
Aquí conviene tener cuidado para no invadir el capítulo
sobre discipulado. Esta sección no está explicando todavía cómo se forma
detalladamente una vida obediente; eso ya tuvo su lugar antes. Lo que aquí
importa es la base: la vida nueva nace de la obra del Resucitado. No es
autoayuda espiritual. No es maquillaje religioso. Es participación en la muerte
y resurrección del Señor.
En ese sentido, Packer ayuda mucho a no perder el
equilibrio. Si la cruz es, como él dice, una “revelación del amor redentor”
(Packer, 1974, p. 33, traducción propia), entonces la salvación presente debe
entenderse como el fruto continuo de ese amor santo. No se trata de un amor que
trivializa la justicia, sino de un amor que, habiendo tratado verdaderamente
con el pecado, ahora da perdón real y una relación nueva con Dios. El perdón
cristiano no es indulgencia barata; es el fruto de una cruz aprobada por la
resurrección.
Y Henry añade algo muy valioso aquí. Al hablar de la
identidad de Jesús, enlaza el perdón de los pecados y la nueva vida por el
Espíritu con aquello que fue “confirmado decisivamente por la resurrección del
Crucificado” (Henry, 1992, p. 129, traducción propia). Esa frase ayuda
muchísimo, porque evita separar lo que el Nuevo Testamento mantiene unido. El
Cristo que hoy perdona y da Su Espíritu no es otro distinto del Crucificado. Es
el mismo que murió por nuestros pecados, fue sepultado y luego vindicado por el
Padre. La obra presente del Señor resucitado es la continuación eficaz de Su
obra redentora consumada.
Por eso Pedro puede escribir con tanto consuelo y tanta
sobriedad a la vez:
“Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que según Su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por
la resurrección de Jesucristo de los muertos”.
(1 P 1:3, Reina-Valera 1960)
“Esperanza viva.” Qué expresión tan buena. No una
esperanza decorativa. No una esperanza de frases hechas para funerales. Viva.
Porque nace de un Señor vivo. Y eso cambia mucho. El cristiano no espera desde
un vacío; espera desde una tumba vacía y desde un trono ocupado. Espera
sabiendo que la resurrección de Jesús ya abrió el futuro.
Aquí Wright resulta útil, porque insiste en que la
resurrección no debe ser entendida como mera “supervivencia del alma”, sino
como el comienzo de la nueva creación y del reinado de Dios sobre el mundo
renovado (Wright, 2002). Eso importa muchísimo. Si uno reduce la resurrección a
“seguir existiendo de alguna manera”, pierde la fuerza bíblica del asunto. El
Nuevo Testamento no dice simplemente que Jesús continuó espiritualmente. Dice
que Dios inauguró en Él el mundo nuevo. Por eso la esperanza cristiana no es
escapar del mundo material, sino la consumación de la victoria del Resucitado
sobre el pecado, la muerte y toda la ruina que el mal introdujo.
Y el cierre natural de esta sección, y del capítulo
entero, está en la propia voz del Cristo resucitado en Apocalipsis. No ya como
objeto de reflexión ajena, sino hablando Él mismo.
“No temas; Yo soy el primero y el último; y el que
vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén.
Y tengo las llaves de la muerte y del Hades”.
(Ap 1:17–18, Reina-Valera 1960)
Eso es señorío presente. No el recuerdo sentimental de
alguien admirable, sino el gobierno actual de Aquel que estuvo muerto y ahora
vive por los siglos de los siglos. Él tiene las llaves. La muerte no las tiene.
El Hades no las tiene. El pecado no las tiene. El acusador no las tiene. Cristo
las tiene.
Y eso significa, en términos sencillos pero enormes,
que el evangelio sigue siendo una noticia para hoy. Hoy el perdón está
disponible en Él. Hoy la vida nueva empieza en Él. Hoy la esperanza tiene
fundamento en Él. Hoy el pecador no tiene que quedarse definido por su culpa,
ni el creyente por su pasado, ni la iglesia por su debilidad, porque el Señor
resucitado sigue obrando.
Así que este capítulo no podía terminar de otra manera.
Empezó donde el hombre realmente está: bajo pecado, culpa y muerte. Luego
mostró al Cordero entregado, al Crucificado verdaderamente muerto y sepultado,
y al Padre levantándolo en victoria. Pues bien, ahora termina donde el
evangelio quiere llegar: en el señorío presente de Jesús. Él perdona. Él
renueva. Él sostiene la esperanza.
Y justamente porque eso es verdad, el paso siguiente
del libro también es necesario. Si este Jesús crucificado y resucitado es el
Señor vivo, entonces habrá que preguntar cómo discernirlo correctamente entre
la historia y la fe, entre el testimonio apostólico y las múltiples
distorsiones religiosas y culturales que han intentado redefinirlo. Pero esa ya
es la tarea del capítulo siguiente. Aquí, por ahora, conviene quedarse un
momento más ante el corazón mismo del evangelio: el Señor que murió y resucitó
no solo merece ser admirado; merece ser creído, obedecido y esperado.
Bibliografía
Allison, D. C., Jr. (2021). The resurrection of Jesus: Apologetics,
polemics, history. Bloomsbury Academic.
Henry, C. F. H. (1992). The identity of Jesus of Nazareth. Criswell
Theological Review, 6(1), 91–130.
Packer, J. I. (1974). What did the cross achieve? The logic of penal
substitution. Tyndale Bulletin, 25(1), 3–45.
Wright, N. T. (2002). Jesus’ resurrection and Christian origins. Gregorianum,
83(4), 615–635.

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